Apple Matilda dumplings
Para el Clan del Lobo de la Nación Mohawk ella fue Karonienhawi, la que sostiene el cielo. Para las sufragistas, una subversiva que al atacar a la iglesia alejaba el apoyo político de los conservadores y fue borrada de un plumazo de los libros de historia. Para su familia, Glinda, la bruja buena del Mago de Oz y si tienes la paciencia de leerme hasta el final, descubrirás de dónde viene esta fantasía tan maravillosa.
Y para nosotros, los de hoy, es Matilda. La grandiosa, la primera, la que da nombre al Efecto Matilda de Margaret W. Rossiter. Ella es la voz de todas, no solo de las científicas, sino también de las silenciadas habidas y por haber. Porque escuchar su lucha, sus ideas, sus propósitos, es entender que lo mismo no hemos avanzado tanto desde entonces; porque las mujeres de tres cuartas partes de mundo aún no son dueñas de sus aspiraciones ni destinos. Y las que vivimos bajo constituciones que presumen de igualdad, nos hemos cambiado las cadenas por la conciliación: una carga invisible que a nosotras se nos exige por triplicado y a ellos jamás se les pasa por la cabeza.
Porque si bien es cierto que siempre ha habido mujeres que han reclamado lo nuestro, la realidad habla de que todas esas mechas chisporroteantes que auguraban grandes cambios fueron apagadas. Y se ha tardado mucho, con demasiada frecuencia, en rescatarlas del limbo del ostracismo. Lo reconfortante, la esperanza, está en que aunque esas voces se silencien, siempre habrá quien las libere. Tarde o temprano, como con Matilda.
Fueron las feministas de los años 70 quienes la recuperaron del olvido y le devolvieron su lugar en el movimiento. Lúcida, mordaz, culta y comprometida, denunció las taras de la sociedad decimonónica que se empeñaba con uñas y dientes en convencer a la mujer de que el mundo le quedaba grande. Y ella les habló de autodeterminación, de autodesarrollo, de ser dueñas de su propio juicio y destino. De libertad.
¡Una rebelde! Qué glorioso suena ese nombre cuando se aplica a una mujer. Oh, mujer rebelde, hacia ti el mundo mira con esperanza. Sobre ti ha caído la gloriosa tarea de traer la libertad a la tierra y a todos sus habitantes.
Y no lo decía por decir. No era demagogia ni frases bonitas en los mítines. Por cosas de la vida, tuvo la oportunidad de conocer de cerca a los Mohawk porque Nueva York perteneció históricamente a la Confederación Haudenosaunee y aunque no lo parezca, los nativos de las Seis Naciones son más neoyorquinos que el puente de Brooklyn o el bagel. A su lado, aprendiendo de ellos, quedó profundamente convencida de que una sociedad matrilineal era posible y que las relaciones entre hombres y mujeres podían ser equilibradas.
Las Madres del Clan tenían el poder de nombrar, aconsejar y destituir a los jefes varones. Tenían la última palabra sobre las guerras y los tratados. Controlaban la agricultura y la distribución de alimentos. Y si una pareja se separaba, la mujer conservaba su hogar, sus bienes y a sus hijos. Documentó admirada que el abuso físico y las violaciones eran prácticamente inexistentes y de producirse, eran delitos severamente castigados.
Las Madres del Clan tenían el poder de nombrar, aconsejar y destituir a los jefes varones. Tenían la última palabra sobre las guerras y los tratados. Controlaban la agricultura y la distribución de alimentos. Y si una pareja se separaba, la mujer conservaba su hogar, sus bienes y a sus hijos. Documentó admirada que el abuso físico y las violaciones eran prácticamente inexistentes y de producirse, eran delitos severamente castigados.
Los admiraba y quería a rabiar. Tanto que los defendió centrando su activismo en favor de los derechos indígenas y denunció sin descanso los abusos del gobierno de EE. UU. Pero era incansable y ese activismo también clamaba por los derechos de los esclavos. De hecho, ella creció en una casa que fue estación del ferrocarril subterráneo, la red clandestina que ayudaba a escapar a los esclavos; la misma de Harriet Tubman quien por cierto, vivía a muy pocos kilómetros de Matilda. No hay constancia escrita de que ambas se conocieran pero yo me juego mi mejor cacerola a que entre ellas había secretos y muchas vidas salvadas.
En Woman, Church, and State, Matilda dedicó un capítulo entero a la caza de brujas en la Europa de la Edad Moderna. Con una valentía encomiable, describió esta barbarie como un ataque deliberado y sistemático del patriarcado eclesiástico y de estado contra las mujeres. Un ginocidio que buscó a las mujeres más sabias, independientes, científicas, parteras y curanderas de sus comunidades porque eran peligrosas e influyentes sobre las demás mujeres. Poseían, entre otros, conocimientos médicos y ayudaban a las mujeres en cuestiones de natalidad desafiando descaradamente el poder de la Iglesia. Y claro, heredábamos el pecado de Eva. Éramos lascivas y lujuriosas entre otras lindezas y el mejor remedio contra esa lacra fue instaurar el terror entre sus parroquianas. Tortura, fuego y luego, a rezar. Y a callar.
Tanto la Iglesia como el Estado, pretendiendo ser de origen divino, han asumido el derecho divino del hombre sobre la mujer; mientras la Iglesia y el Estado han pensado por el hombre, el hombre ha asumido el derecho de pensar por la mujer.
Y estos ataques directos a la iglesia y al estado no gustaron nada a sus compañeras sufragistas. En este momento, el movimiento estaba estancado. Para ganar fuerza, necesitaban aliarse con las mujeres del oeste y del sur del país, que eran profundamente conservadoras y cristianas. Y si de paso, se ganaban el apoyo de la iglesia, pues mira que bien.
Pero Matilda se mantuvo en contra. Argumentaba que dar el voto a las mujeres adoctrinadas solo serviría para que votaran lo que sus pastores les dijeran, creando una especie de teocracia constitucional. Y aquí permíteme una sospecha que no consta en ningún acta pero ya sabes que me gusta seguir la línea de puntos y yo aquí la veo con claridad: una diferencia táctica se resuelve con un comunicado o un portazo, no con la desaparición total de un nombre en tres tomos que la propia interesada ayudó a escribir y financiar. A Matilda no la apartaron por incómoda. La borraron, la tacharon, la reescribieron por lo que sea, no voy a especular. Pero desde luego, eso huele a venganza con membrete de hermandad.
Y el precio de toda esta purga fue que el nombre de Matilda fuera eliminado de los tres tomos de la History of Woman Suffrage. Se alteraron actas de reuniones y tratados firmados en las convenciones feministas de Seneca Falls. Fue desacreditada, tachada de anarquista, destructora de la moral y demasiado radical para ser escuchada. No la quemaron por bruja porque ya no estaba de moda.
Así que imagina lo que debió sentir Margaret cuando conoció la historia de Matilda Joslyn Gage y leyó su libro Woman as an Inventor. Qué emoción tan brutal debió de recorrer su espina dorsal al leer que antes que ella, muchos años antes, Matilda ya había denunciado públicamente el apropiamiento indebido de inventos y descubrimientos. Y encima, qué ironía, la propia Matilda había sido también borrada sin que nadie clamara justicia.
Si bien muchas de las invenciones más importantes del mundo se deben a las mujeres, la proporción de inventoras femeninas es mucho menor que la de los masculinos, lo cual surge del hecho de que la mujer no posee la misma cantidad de libertad que el hombre. Restringida en la educación, en las oportunidades industriales y en el poder político, este es uno de los muchos casos donde su degradación reacciona de manera perjudicial sobre toda la raza humana.Matilda siguió con su vida y su activismo que no cesó nunca. Nunca descuidó su vida familiar y cuando su hija Maud se casó con Frank Baum, quien por aquel entonces era un actor frustrado con alguna obra de teatro escrita pero poca cosa, tuvo que comerse su opinión y predicar con el ejemplo dejando que su hija decidiera su futuro por sí misma. Pero Frank y Matilda congeniaron a las mil maravillas. Ella pasaba largas temporadas con ellos en Chicago. Animó a su yerno a que escribiera esos cuentos tan bonitos que le contaba a los niños cada noche.
Cuando Frank escribió El Mago de Oz, la influencia de su suegra estaba por todos lados: la tierra de Oz se presenta como una utopía matriarcal, una sociedad sin dinero, pobreza ni cárceles. La bruja Glinda, que gobierna su propio país, es una mujer de ciencia y de una erudición envidiable. Dorothy es una niña autosuficiente que no busca un príncipe que la salve. Supera las trabas y ayuda a sus compañeros en sus fragilidades. Al final, comprende que la solución siempre estuvo en sus zapatos.
Mi suegra siempre me decía que el progreso del mundo dependía de liberar la mente de la mujer de las supersticiones del pasado.Frank Baum
Matilda murió en casa de Maud y Frank, arropada por los suyos. En su lápida no hay mención alguna al movimiento sufragista que ayudó a fundar. Lo que se puede leer es tan Matilda que pone los pelos como escarpias.
Hay una palabra más dulce que madre, hogar o cielo. Esa palabra es libertad.
Y si la libertad se pudiera comer, sabría a estos apple dumpling sin el azúcar refinado de los colonos. Van bañados en el oro líquido de los Haudenosaunee, el alma de los bosques del noreste americano. Tampoco esperes una masa quebrada al estilo victoriano, fina y con remilgos. Aquí se impone esa avena y almendra molidas, formando una textura rústica, crujiente y jugosa que te atrapa desde el primer mordisco. Y el toque rebelde: un chupito de Jack Daniel's en el almíbar de manzana para darle ese punto subversivo que tanto le criticaron a Matilda sus compañeras sufragistas. Un dulce indomable, que puedes servir con o sin bola de helado pero lo que no va a faltar, es doble ración de memoria histórica.
Ingredientes para 12 dumplings con manzanas pequeñas o 6 medianas:- 150 g de harina repostera
- 50 g de avena molida
- 50 g de almendra molida
- 1 cucharada de azúcar moreno
- 110 g de mantequilla fría en cubitos
- 80 g de Buttermilch
- Una pizca de sal
Para macerar las manzanas:
- 6 manzanas pequeñas o 3 medianas
- 25 g de sirope de arce
- Zumo de medio limón
- Canela a tu gusto
- Nuez moscada a tu gusto
Para la salsa:
- 250 ml de zumo de manzana turbio
- 100 ml de sirope de arce
- 1 chupito de Jack Daniel's
- Reducir 2-3 minutos a fuego medio para concentrar
Preparación:
- Mezcla la harina, la avena molida, la almendra molida, el azúcar moreno y la sal. Añade la mantequilla fría en cubitos y trabaja con las yemas de los dedos hasta obtener una textura arenosa.
- Incorpora el Buttermilch poco a poco hasta que la masa se integre, sin amasar de más. Envuelve en film y deja reposar en la nevera al menos 30 minutos.
- Pela las manzanas, retira el corazón y córtalas en dos mitades. Macéralas unos minutos con el sirope de arce, el zumo de limón, la canela y la nuez moscada.
- En un cacito, pon el zumo de manzana, el sirope de arce y el Jack Daniel's. Reduce la salsa unos 2-3 minutos a fuego medio para concentrarlo ligeramente.
- Estira la masa y corta porciones suficientes para envolver cada mitad manzana por completo. Envuelve cada trozo, sellando bien los bordes para que no se abra el dumpling durante el horneado.
- Coloca los dumplings en un recipiente no muy hondo de pirex o cristal. Cuida que la unión de la masa esté hacia abajo. Riega con la salsa.
- Hornea a 180°C unos 35-40 minutos, hasta que la masa esté dorada y el caldito prácticamente se haya reducido por completo. Si ves que se han secado demasiado pronto, no dudes en añadir un chorrito extra de zumo de manzana.
- Cuando apagues el horno, pincela los dumplings con la salsa que aún no se ha consumido. Hazlo en caliente porque la masa seguirá absorbiendo líquido mientras se enfría. Están ideales templados o fríos. Pero templados con una bola de helado de vainilla, está brutales.































