Galletas con sombrero de merengue y grosellas
Estamos en 1919 en el humilde barrio de Las Ventas en Madrid, donde se acaba de inaugurar la Casa de los Niños de España. Es la primera guardería laica del país y pretende acoger a los hijos de aquellas mujeres trabajadoras que se ven obligadas a dejarlos solos en las chabolas mientras ellas intentan ganar unas cuantas pesetas trabajando de sirvientas, lavanderas u obreras en fabricas de tabaco y textiles mayormente.
Margarita Nelken está detrás de este proyecto. Ha logrado reunir apoyos internacionales y con mucho esfuerzo, algún benefactor patrio. Pero las señoras de bien ponen el grito en el cielo y el clero, que para estas cosas es muy peleón, las ayuda a cerrar este centro de pecado para mujeres impías que no merecen caridad alguna. Porque esta Casa de los Niños, no solo no está gobernada por monjas sino que, para más inri, admiten a hijos de madres solteras como quien no quiere la cosa.
Así que acosan en pandilla al principal mecenas para que chantajee a Margarita: o echas al personal laico y metes monjas que aporten algo de respetabilidad o te quedas sin fondos. Pero es que ella, no es nada corriente; no es una charlatana de discurso facilón, al contrario, es mujer de palabra porque, además de tener principios, es fiel a ellos. No los va a romper y eso lo complica todo. Dice que nanay, que ni hablar del peluquín. Que o todas o ninguna. Que España tiene derecho a ser laica. Y la guardería cerró.
La beneficencia de las señoras de alta sociedad no busca redimir a la mujer obrera, sino mantenerla de rodillas, agradecida de las migajas mientras se le niega la justicia elemental.
Este primer gran golpe Margarita lo encajó como pudo. Se ató los machos, se caló el sombrero y siguió luchando por ellas, consciente -por activa y por pasiva- de que el adoctrinamiento y el asfixiante poder de la Iglesia eran el pilar del machismo pandémico que no quería -o no podía- separar sociedad, estado y religión, motivo principal por el que España se estaba quedando atrás respecto al resto de Europa, que avanzaba con más determinación en materias como la educación y la formación profesional e intelectual.
Como ya estarás imaginándote, Margarita fue una mujer excepcional con muchos talentos que supo aprovechar a las mil maravillas. Sus padres eran judíos extranjeros -algo que muchos no le perdonaron y se lo echaban en cara día sí y día también-, lo que le permitió tener tres lenguas madres: español, francés y alemán. Y si bien había ese empeño nacional por silenciarla, en el extranjero era muy valorada y su red de contactos no paraba de crecer. Fue crítica de arte de primera fila, escribía como los ángeles, fue diputada en las tres legislaturas de la República, una oradora brillante y de las primeras en escribir tratados feministas como La condición social de la mujer en España.
Me han llamado extranjera en mi propia tierra y burguesa entre los proletarios. No importa. Mi patria es mi pensamiento y de ese territorio nadie me puede desahuciar.
Peleó con destreza las condiciones laborales de las obreras y de las jornaleras en los campos. Las organizó y asesoró para que no se amedrentaran con el fin de hacer frente a las injustas condiciones laborales y los sueldos de miseria. Para la dictadura de Primo de Rivera fue una agitadora radical; para la buena sociedad, una judía sin sentido de la decencia que, en lugar de emplear su talento en causas nobles, prefirió ponerse un mono de trabajo y salir a montar ruido con las obreras más rudas y fanáticas de todo Madrid.
Para las sufragistas también era incómoda a rabiar: en las Cortes de 1931, cuando se debatió el derecho al voto de las mujeres, Margarita Nelken votó en contra de conceder el voto femenino en ese momento, alineándose con Victoria Kent y enfrentándose a Clara Campoamor. Ella decía: "Primero eduquemos y liberemos las conciencias de las mujeres de las garras del clero, y luego démosles el voto". Este principio es el mismo que defendió Matilda Joslyn Gage porque, con buen criterio a mi entender, de qué vale dar el voto si la mujer seguía adoctrinada, sin tener las herramientas necesarias para desplegar sus propias opiniones y ejercer con libertad su capacidad de decidir.
Así que la tacharon de traidora, disidente e incendiaria. Como ves, fue perseguida y señalada por todos pero aún así siguió fiel a sí misma. Margarita, en cualquier caso, se convirtió en la punta de lanza de la generación del 27 femenina -Las Sinsombrero- hablando de ellas en sus ponencias, escribiendo sobre sus talentos y colocándolas en el punto de mira de la vanguardia española que parecía ser solo un movimiento de hombres.
¿Que por qué Las Sinsombrero? Por una broma de unas cuantas que estando en la Puerta del Sol, decidieron quitarse el sombrero para "liberar las ideas" y, como ir con la cabeza descubierta era una provocación social inaceptable, la cosa acabó a pedradas. Y en lugar de salir escarmentadas, se vinieron arriba y todas las jóvenes poetas o artistas optaron también por airear sus pensamientos.
Llegó la guerra civil y, tal y como se planteaba el conflicto, decidió dejar el partido socialista y afiliarse al comunista porque pensó que eran los únicos con la disciplina militar necesaria para frenar a los golpistas en España y al fascismo en el resto de Europa.
En 1939, con el fin de la guerra, miles de republicanos cruzaron la frontera hacia Francia en la Retirada, quedando atrapados en las playas de la vergüenza: los campos de concentración franceses improvisados en arenales como Argelès-sur-Mer, donde terminaron hacinados en condiciones deplorables de frío, sarna y hambre. Se les abandonó a su suerte en la esperanza de que quisieran volver a España por su propia voluntad. Incluso se les aseguraba que podían volver, que Franco les había perdonado. Los más desesperados o ingenuos que optaron por regresar, ya se sabe la suerte que corrieron.
Y aquí volvió a demostrar su gran valía. Podía haberse marchado sin mirar atrás pero no lo hizo. Se quedó con la firme idea de salvar a sus compatriotas. No hay una cifra oficial exacta porque gran parte de su labor se hizo en la clandestinidad pero Margarita organizó una auténtica red internacional para lograr la fuga y el rescate de cientos de refugiados. Utilizó todos sus contactos e influencias en México y Europa para sacar de esas playas a intelectuales, obreros, mujeres y niños. Siempre que le era posible les conseguía pasaportes, organizaba barcos rumbo a América y, a aquellos que no conseguía liberar, les enviaba dinero y ropa.
Fue así como, tras enterarse de que la escritora Luisa Carnés estaba atrapada en una de esas playas, Margarita intercedió directamente ante las autoridades francesas para sacarla de aquel infierno, lograr reunirla con su hijo y conseguirles a ambos pasajes y visados para el barco que los llevaría a México.
Nuestra obligación no es solo sobrevivir al desastre, sino estirar la mano para salvar la voz de las que se quedan atrapadas en la arena del olvido.
Pero estalla la Segunda Guerra Mundial y ella misma tiene que exiliarse. Lo hace sin sus hijos, Santiago y Magda, que se alistan al Ejército Rojo para luchar contra el fascismo. Margarita, ya en México, deja de recibir correspondencia. Desesperada, empieza a exigir respuestas a los dirigentes del PCE exiliados -como Vicente Uribe o Dolores Ibárruri-, pero la respuesta es fría y desalmada. Una y otra vez recurren al "no sabemos nada, hay cosas más importantes en la guerra que tus hijos".
Margarita, asqueada por la sumisión ciega que le exigen, se rompe por completo y critica abiertamente el autoritarismo del partido. Para la cúpula, de corte estalinista de arriba a abajo, una intelectual que piensa por sí misma y encima se atreve a exigir explicaciones es intolerable. La disidencia se castiga con dureza. La acusan de indisciplina y la expulsan fulminantemente.
Sus antiguos camaradas le dieron la espalda de la noche a la mañana porque interceder por ella habría significado caer también en desgracia; apoyar a un expulsado equivalía a ser un traidor. Vertieron sobre ella infundios deplorables para minar su credibilidad intelectual y política. Y nadie pestañeó, cuando por muchos de ellos Margarita había movido cielo y tierra para ponerlos a salvo en México.
Pero la gran mezquindad del partido no fue echarla; fue cerrarle los canales de comunicación con Moscú, dejándola completamente a ciegas mientras su hijo se desangraba en el frente. No tuvo confirmación de su muerte hasta el final de la guerra. Mayor dolor y mayor traición no existe.
Yo me quito el sombrero ante ella, y no para airear mis ideas; lo hago para liberar mi respeto y admiración por una mujer tan íntegra y comprometida que, como suele pasar, a la hora de la verdad nadie fue capaz de estar a su altura. Estas galletas no usan sombreros atrapaideas; son pequeños merengues para arropar los sinsabores de la vida.
El progreso no consiste en imitar los vicios del hombre, sino en conquistar el derecho absoluto a poseer nuestro propio juicio, nuestro propio sombrero y nuestro propio destino.Ingredientes:
Para unas 20 galletas:
- 150gr. de harina repostera
- 1/2 cucharadita de cremor tártaro
- 50gr. de Maizena
- 50gr. de azúcar glas
- 50gr. de azúcar o eritritol
- Ralladura de medio limón
- 1 yema
- 2 cucharaditas de jugo de limón
- 100gr. de mantequilla blanda
- 1 clara
- 60gr. de azúcar
- 1 cucharadita de Maizena
- 75-100gr. de grosella roja
- Precalienta el horno a 160-170ºC.
- En un blog mezcla las harinas, el cremor, los azúcares y la ralladura. Añade después la yema, la mantequilla y el jugo de limón. Mezcla con las manos y forma la masa. Deja que descanse 30 minutos en la nevera.
- Extiende en la encimera ligeramente enharinada la masa con el rodillo. Con un corta galletas redondo de unos 5-6cm ve cortando la masa que tendrá unos 3 milímetros de espesor (a ojo).
- Las colocas en la placa de horno con papel de hornear y hornea entre 10-12 minutos. No tienen que estar hechas del todo cuando las saques.
- Mientras monta las claras (yo usé tres pero eso depende de cuanto sombrero le quieres poner) con el azúcar y la maicena. Recuerda que las cantidades que te he dado son por casa clara. Cuando esté bien firme y montado el merengue, mezcla las grosellas.
- Pon una generosa capa de merengue sobre las galletas con ayuda de una cucharita. Puedes ponerle unas grosellas extras por encima si lo deseas.
- Baja el horno a 150ºC y hornea otros 6 a 10 minutos. No queremos que coja demasiado color pero sí que le de tiempo a que el merengue se seque un poco.

































