Bonatillo cremoso con leche de coco

mayo 13, 2026
Es posible que la protagonista de nuestro bonatillo cubano se llamara Henriette Faber. O no. Ya que nadie lo sabe a ciencia cierta porque se hizo llamar Enrique Favez y cuando fue descubierta, se identificó como Enriqueta. Su historia es increíble de principio a fin y es por eso que te voy a dar el boniato con este ser tan brutalmente honesto que tuvo que recurrir al engaño una y otra vez para vivir su vida tal y como le apetecía pasando por encima del mundo como un trolebús. Pero, vamos a contarlo bien desde el principio.

Nació en una familia aburguesada con pudientes de Lausana, en Suiza. Como quedó huérfana de niña, fue su tío Enrique, el barón de Aviver y coronel del ejército francés quien se encargó de ella. Y no era una niña corriente, eso saltaba a la vista; aventurera, soñadora y con ademanes más propios de un muchacho que de una señorita de su clase social. 
Desde mi infancia me costó mucho asumir las costumbres de las mujeres. Mi tío, por eso, procuró casarme con el fin de atraerme al verdadero modal de una mujer, pero esto sólo lo hice para dar gusto a mi tío, al cual le pedí a cambio que me llevase consigo a la guerra.
Y con 15 años se casó con Jean Baptiste Renaud , oficial del mismo regimiento que su tío con la condición de acompañarles e ir con ellos a la campaña de Alemania. En batalla vio actuar a los doctores y debió de quedar "tocada" por la vocación de salvar vidas.  Poco más de un año después y embarazada de su única hija -quien tan solo vivió ocho días- quedó viuda.

Y se fue sola a París a aprender a hacer lo que ya había visto tantas veces después de cada batalla. Tenía claro lo que quería y tenía claro lo que el mundo no le iba a permitir ser solo por ser mujer. Así que, muy posiblemente con la complicidad de su tío que ni decía ni desdecía, se convirtió en el estudiante Enrique Favez.
Deseosa de ganarme la vida por mi propio esfuerzo y convencida de que, como mujer, solo tenía en aquellos tiempos dos caminos a seguir: el matrimonio o la prostitución, me vestí de hombre y me puse a estudiar cirugía, con el intento de socorrer a los necesitados.
Tras estudiar medicina en la Sorbona y con tan solo 20 años, pasó a ser oficial médico cirujano en el Regimiento de Cazadores número 21, el mismo en el que sirvió su difunto marido. Y como era de esperar, en la campaña rusa de 1812 se reencontró con su tío quien guardó el secreto de su identidad. 

Ambos sirvieron también en la campaña española donde el coronel pierde la vida y ella es capturada en Vitoria por las tropas de Wellington. Fue confinada en el Convento de San Francisco de Miranda del Ebro cumpliendo servicios médicos y no hay constancia que su identidad fuera descubierta. Y de haberse sabido, se pasó por alto su "irregular" condición en favor a los servicios prestados en heridos y enfermos porque hay auxilios dignos de salvaguardar y más en guerra. Y esta no fue la primera vez que un convento hacía la vista gorda. 

Una vez terminada la guerra, sin familia y sin derrotero fijo, partió rumbo a Santiago de Cuba a bordo de La Helvecia y de allí se asentó en Baracoa.
Sin mudar de traje, así vestida de hombre como estaba acostumbrada y bien hallada en libertad, porque vestida así podía ejercer mi profesión y fortuna, sin idea de hacerle mal a nadie y más bien con la idea de socorrer con mi oficio a los necesitados, como lo he hecho siempre.
Y sin pretenderlo, se convirtió en uno de los poquísimos cirujanos titulados de la región. Atendía a ricos y pobres sin hacer excepción alguna; a esclavos, libertos, enseñaba a leer y escribir; no se le caían los anillos si tenía que recorrer largas distancias auxiliando  a los más olvidados. Y como es de suponer, porque la gente para estas cosas es muy agradecida, se ganó el respeto y el afecto de todo el pueblo que lo trataba de santo. 

En estas estaba, cuando conoció al amor de su vida Juana, una joven pobre, huérfana y tuberculosa. Y se enamoró a rabiar, vaya que sí. Y se casaron, y no me cabe duda que se amaron, se respetaron y escondieron su engaño. Y Juana recobró la salud. Y fueron felices. Por lo menos hasta que una lavandera descubre que el doctor es una mujer y le va con el cuento al tío de Juana que las denuncia. Y comienza la locura.
Mi vida se funda en un terrible secreto, que en estos momentos no puedo revelarle; quizás lo haga más tarde, pero al presente es imposible. Si usted se casara de verdad, como las demás mujeres, muy pronto sucumbiría. Mi temperamento frío como el mármol, no necesita de las fuertes impresiones del [...posiblemente esta parte fue censura...] ante el mundo seremos dos esposos, pero en la intimidad matrimonial solo dos amigos.
Rosa Suárez, de profesión lavandera, entró en la habitación donde encontró a Enriqueta supuestamente con una cruda monumental y con la camisa desabotonada. Y aunque lo que vio la dejó sin palabras, la lengua después se le soltó de lo lindo porque no paró hasta contarle el chisme a todo quisque. El tío de Juana, que hasta ese momento nunca se había preocupado por su sobrina, presentó denuncia formal y solicitó la anulación del matrimonio.

Este tramo de la historia, la del juicio, no la voy a hacer demasiado larga porque es bastante tediosa. La pilló desorientada y sin asistencia jurídica, cometiendo errores que empeoraron su situación, pero el caso afortunadamente interesó a Manuel Vidaurre.

Vidaurre no era un abogado cualquiera; era Oidor de la Real Audiencia de Puerto Príncipe, es decir, uno de los jueces más influyentes del tribunal colonial. Era un jurista fuertemente influenciado por la Ilustración, tanto que por leer libros prohibidos ya había tenido que dar explicaciones ante la Inquisición. El licenciado aprovechó su posición en el mismo tribunal que juzgaba a Enriqueta para dinamitar el proceso desde dentro. Su enfoque fue magistral:
La sociedad es más culpable que ella, desde el momento en que ha negado a las mujeres los derechos civiles y políticos, convirtiéndolas en muebles para los placeres del hombre. Mi patrocinada obró cuerdamente al vestirse con el traje masculino, no sólo porque las leyes no lo prohíben, sino porque pareciendo hombre podía estudiar, trabajar y tener libertad de acción, en todos los sentidos, para la ejecución de las buenas obras.
El remate final entre fiscal y defensor es hollywoodiano:
"Debe de ser una santa" — dijo el fiscal.

"O mejor, una víctima" — concluyó Vidaurre.
Y la gente se enfadó de lo lindo. El cielo les ha mandado un doctor que es un amor de persona, que maneja la cirugía con una maestría solo al alcance de la clase alta, sanando e investigando sin descanso para salvar a los pobres; y se lo arrebataron sin ningún miramiento, horrorizados porque una mujer hubiera demostrado ser mejor médico que sus colegas varones.

Y encima, con la iglesia hemos topado; el despecho inquisidor bañado de herejía por haber casado a dos mujeres. Mira si querían castigarla, que se emperraron en pasearla desnuda por las calles para escarnio público y ella prefirió el láudano a verse vejada con tanta crueldad. 

Afortunadamente las autoridades se lo pensaron dos veces porque el ambiente estaba abrasador: las revoluciones florecían por toda Hispanoamérica e iban cayendo las colonias a puñados. En 1823, con la vuelta del absolutismo de Fernando VII a España, cualquier chispa podía hacer que la isla se levantara y la injusticia con el Dr. Favez bien podía ser ese punto de inflexión. El gentío se hubiera comido a los jueces con tostones antes que permitir tal humillación a su médico.
A Juana se la intentó mantener al margen. El tribunal la declaró inocente por "engaño" y ahí se pierde su rastro oficial. No sabemos si se refugió en el silencio, si alguien la protegió o si simplemente sobrevivió al estigma como buenamente pudo aunque en las cartas de Enriqueta no hay pesar por su destino. Algunos cuentan que se casó con su abogado de oficio y pudo vivir tranquila. Lamentablemente, no lo sabemos. Solo podemos desear que la vida la tratara bien. Se lo merecía.

Enriqueta fue condenada a 10 años de reclusión en la Casa de Recogidas de La Habana. Sus bienes fueron embargados. El dinero es lo que tiene, es goloso para los poderosos. Pero Vidaurre, que para entonces ya preparaba su propio exilio a Estados Unidos huyendo de la persecución política, no la dejó sola. Sabía que sin su protección en la isla, ella no sobreviviría.

Se movieron los hilos necesarios para que el "problema" desapareciera. Tras 17 meses de condena, las autoridades prefirieron poner mar de por medio. Era más seguro deportarla que arriesgarse a un motín popular por mantenerla presa. Por 40 pesos, lo que costaba el pasaje rumbo a Nueva Orleans, se la quitaron de en medio.

A su llegada las Hijas de la Caridad la aceptaron sin reparos. Y aquí de nuevo se ve la mano de Vidaurre porque no eran monjas convencionales. Eran muy hippies para su tiempo aplicando a sus obras una filosofía requeteradical para la época. Su lema era "el convento es la casa de los enfermos" y no vivían enclaustradas. 
Ya estoy bien lejos de ti como te prometí antes de que comenzara toda nuestra desgracia. No sé cómo comenzó todo, realmente ha sido como una novela toda mi vida. Ese viaje a la Isla de Cuba no me dejó ser más la misma mujer o mejor el mismo hombre.
Enriqueta fue un regalo de dios en la congregación y sus problemillas de identidad se enterraron sin pena ni gloria. Y bajo el nombre de Sor Magdalena siguió ejerciendo la medicina con los pobres, siendo partera de presas y enfermera en epidemias. Viajó como misionera a Veracruz y Guadalajara. Con las Hijas de la Caridad tenía libertad de movimiento y siguió haciendo lo que más le gustaba en el mundo: cuidar a los más necesitados. 

Hay quien afirma que llegó a ser madre superiora de la congregación. Puede ser. O no, porque un escándalo como el suyo se podía enterrar pero no olvidar. En cualquier caso, viniendo de ella todo es posible. Usó el frac, el uniforme militar y el hábito con tal de ejercer la medicina y cumplir con su juramento hipocrático. Y amó a Juana la vida entera. Renunció a ser hombre y a ser mujer. Renunció a todo menos a su amor.
El 23 de mayo de 1846, 22 años después del juicio, es decir, 22 años sin Juana, escribió esta carta tras enterarse del rumor de la muerte de Juana:
No puedo pensar que lo que me dicen sea verdad. No puedes haber muerto sin yo verte, mi vida se apagará si no tengo la ilusión de reeditar los días más felices de mi vida que fueron a tu lado. Nunca te culpé por lo que pasó, fueron todos ellos los que no entendieron que nos amábamos pese a todo. Solo quisiera que lo que me dicen sea mentira; por favor escríbeme aunque sea solo para saber que estás viva. Te quiere, Enrique.
122 palabras. La carta viajó de Nueva Orleans a La Habana y siguió el trote de los caballos del Correo Real hacia Baracoa. Juana, efectivamente, había muerto tiempo antes. Sor Magdalena nunca supo si su carta llegó.

Murió el 17 de octubre de 1856 en Nueva Orleans, a los 65 años, vistiendo los hábitos de las Hijas de la Caridad. Fue enterrada en el cementerio antiguo de Nueva Orleans. En 2005 el huracán Katrina destruyó su tumba. En Baracoa, la calle donde vivió lleva su nombre.
Ingredientes:
  • 600gr. de boniatos (aprox. 1 o 2 piezas grandes)
  • 125gr. de panela rallada o granulada
  • canela y cáscara de limón
  • 1 chupito de ron dorado
  • 50-75gr. de coco rallado a tu gusto
  • 200ml. de leche de coco espesa
  • 1 pizca de sal

Preparación:
  1. Asa o cuece al vapor el boniato hasta que esté la carne blandita. Pásalo por la trituradora y lo reservas.
  2. Mientras, derrite la panela con canela, la ralladura de limón y el ron. Diluye hasta que casi esté al punto de caramelo.
  3. Retira la cáscara de limón y añade el coco rallado, la leche de coco espesa y una pizca de sal. Lo cueces a fuego medio sin dejar de remover hasta que cuando cojas un poco de la crema con una cuchara y pasas el dedo la crema no se reúne pero aún tiene una consistencia líquida. Ten en cuenta que al enfriarse va a cuajar más la crema.
  4. Deja enfriar y sirve con un poco de canela por encima.

Hoppin' John para Phillis

mayo 09, 2026
Una pequeña de siete años, recién llegada de África, es vendida en el puerto de Boston. Estamos en 1761. La han llamado Phillis, el mismo nombre que acuña la goleta de esclavos que la ha transportado a Estados Unidos. A Susanna Wheatley le enternece esa niña asustada y medio muerta de frío que los mercaderes exhiben como si fuera una res.  La familia Wheatley no se lo piensa dos veces. Ha sido instalada en la casa como criada pero el talante progresista de esta familia les lleva a educar y cristianizar a la niña. 

Pronto John y Susanna Wheatley se dan cuenta de que Phillis es extremadamente lista así que tras ser liberada de sus tareas domésticas, se ha decidido que recibirá la misma educación que Mary y Nathaniel, los hijos de los Wheatley. Aprende rápido y ya se maneja con soltura en materias como lenguas clásicas, religión, literatura o astrología. 

La joven se convierte en la sensación de Boston. Unos cierran filas y afirman que una salvaje africana no está dotada por dios para igualar el intelecto de cualquier blanco. Y menos aún superarlo. Otros estiman que ella es la prueba que confirma que, si un esclavo es educado igual que un blanco, tendrá sus mismas capacidades e ingenio. El dilema -o la provocación- en la sociedad bostoniana está servida y Susanna pasea su pequeño prodigio por toda la ciudad.

Con 13 años, Phillis publica su primer poema en el periódico de Rhode Island gracias a la tenacidad e influencia de Susanna, quien logra que poco a poco sus poemas se publiquen en Boston e incluso en Londres, donde la popularidad de la esclava poeta gana simpatizantes. Susanna quiere reunir sus poemas y publicarlos pero en Boston se niegan. Se llega a decir que son plagios. Insisten en que una esclava negra no tiene ni inteligencia ni talento suficiente para escribir esos poemas.

En 1772 el matrimonio Wheatley consigue que se forme un tribunal que verifique las capacidades de Phillis y certifique que sus poemas son genuinos. Dieciocho empelucados con cara de pocos amigos la interrogan, acosan y espulgan sin piedad. Lo consigue y aun así, ninguna editorial accede a publicarlo. 

Susanna tira de toda su influencia en Londres -son de las pocas familias bostonianas leales a la corona- y un año después, tras un viaje de Phillis y Nathaniel a la capital londinense, el 1 de septiembre de 1773 para ser exactos, se imprime su libro de poemas convirtiéndose en la primera persona de color en publicar un libro.
Y sin embargo su poesía parece casi por encargo. No habla de sus sentimientos, emociones o percepciones. Escribe sobre la muerte de Whitefield, sobre Washington, sobre la fe cristiana; y es casi inevitable pensar que lo mismo Phillis escribe para Susanna, para hacerla feliz y para que su mejor amiga -así la define ella misma- cumpla con las expectativas creadas entorno a sus poemas.

Y aún con todo, se dice que en Inglaterra Phillis se niega a volver a Boston como esclava. A pesar de los apegos afectivos con los Wheatley, éstos nunca se han planteado concederle su libertad. Si bien es cierto que Susanna adora a la joven, el suyo parece un amor que no alcanza a reconocer la igualdad que la joven se merece. En cualquier caso, un par de meses después, es emancipada consiguiendo por fin su tan ansiada libertad. Phillis Wheatley tiene 20 años y es la africana más famosa de la faz del mundo. Y es libre.

La felicidad en casa de Phillis dura poco. Un año más tarde, Susanna fallece. La guerra por la independencia se está fraguando y se adhiere a la causa rebelde alejándose de los Wheatley leales a los británicos. Esta situación hace que pierda sus contactos en Londres y descubre que nadie en Nueva Inglaterra está dispuesto a publicar nada suyo. La guerra no ayuda y su fama se diluye casi por completo.

Pero los afectos siguen fuertemente anclados y Phillis se establece con Mary. Nathaniel es hecho prisionero por un barco de guerra inglés y no se sabe de él hasta el termino de la guerra. Un año después, Mary y su padre John mueren con unos meses de diferencia. Su red de seguridad en la vida queda completamente destruida. Ha perdido a todos los que ama y la han amado. Está sola en un mundo hostil sin subsidio ni cobijo. 
Se casa -posiblemente porque no tiene otra opción- con John Peters, un esclavo emancipado y verdulero de profesión, con el que vive en muy malas condiciones. A medida que da a luz a sus hijos, los va perdiendo uno a uno. La pobreza y las deudas la devoran. Su marido es encarcelado por culpa de dichas deudas y ella, embarazada de nuevo, se ve obligada a trabajar en la cocina de una fonda para poder comer. 

Murió de sobreparto. Puede que ya estuviera enferma o no. Puede que se la llevaran los mismos males que sufrían la mayoría de las parturientas. Sea como sea, esta vez no vivió para ver morir a su bebé que apenas la sobrevivió un día. 

Murió el 5 de diciembre de 1784 sola, en la cocina de una fonda, sin que nadie contara su historia, como si de algún modo, nunca fue del todo suya. Murió sin que nadie guardara sus poemas, como si nunca la hubieran pertenecido. Su obra, salvo los poemas publicados en Inglaterra, se ha perdido. Tenía 31 años.
“Fue llamada Phillips, porque así se llamaba el barco que la trajo, y Wheatley, que era el nombre del mercader que la compró. Había nacido en Senegal. En Boston, los negreros la pusieron en venta:

– ¡Tiene siete años! ¡Será una buena yegua!

Fue palpada, desnuda, por muchas manos. A los trece años, ya escribía poemas en una lengua que no era la suya. Nadie creía que ella fuera la autora. A los veinte años, Phillips fue interrogada por un tribunal de dieciocho ilustrados caballeros con toga y peluca. Tuvo que recitar textos de Virgilio y Milton y algunos pasajes de la Biblia, y también tuvo que jurar que los poemas que había escrito no eran plagiados.

Desde una silla, rindió su largo examen, hasta que el tribunal la aceptó: era mujer, era negra, era esclava, pero era poeta”.
 Eduardo Galeano , “El cazador de historias”

Nota: la ilustración de Phillis W. pertenece a la edición original de su libro y se le atribuye a Scipio Moorhead, también esclavo.
Ingredientes para 3-4:
  • 200gr. de alubias de ojo negro secas (caupíes)
  • 150-200gr. de cerdo ahumado (panceta o similar)
  • 1 cebolla
  • 1 tallo de apio
  • 1 punta de pimiento verde
  • 2 dientes de ajo
  • 1 hoja de laurel y 1 ramita de tomillo fresco
  • chile molido, pimienta blanca y sazonador criollo al gusto
  • algo de aceite neutro (girasol o maíz)
  • agua
  • arroz blanco cocido del día anterior al gusto

Notas:
  • Lo tradicional es usar codillo ahumado (ham hock) pero si no lo encuentras, costillas o panceta ahumadas funcionan igual de bien.
  • Las alubias de ojo negro las encuentras fácilmente en tiendas de alimentación internacional, herbolarios o por internet. Si no las consigues, las alubias negras o incluso las pintas pueden sustituirlas aunque el sabor cambia un poco.
  • El sazonador criollo puedes encontrarlo en tiendas especializadas o hacerlo en casa mezclando pimentón dulce, ajo en polvo, cebolla en polvo, orégano, tomillo, cayena y pimienta negra. Cada casa tiene su mezcla.
  • El arroz del día anterior no es capricho; el almidón resistente que se forma al enfriarse es más beneficioso para la digestión. 
  • El Hoppin' John se cocinaba el 1 de enero en las casas del sur de Estados Unidos. Los esclavos lo preparaban ese día para atraer prosperidad al año nuevo. Ellos trajeron no solo las semillas, sino también la técnica para cultivar arroz en terrenos pantanosos, algo que los colonos británicos desconocían. 

Preparación:
  1. Pon las alubias en remojo entre 3 y 4 horas, hasta que la piel esté tersa y sin arrugas.
  2. Trocea el cerdo y dóralo en una cazuela con un poco de aceite a fuego medio-alto hasta que coja color.
  3. Pica muy fino la cebolla, el apio, el pimiento y el ajo. Añádelos a la cazuela y rehoga hasta que estén blanditos. Incorpora las especias y remueve bien para que se integren.
  4. Añade las alubias escurridas, el laurel, el tomillo y agua apenas hasta cubrir. Cuece a fuego lento 15 minutos. Sube a fuego medio otros 10 minutos hasta que las alubias estén tiernas y el caldo se haya concentrado ligeramente.
  5. Añade el arroz ya cocido y rehoga 3 minutos a fuego suave. Apaga y deja reposar. El arroz terminará de absorber los líquidos y el plato se asentará.

Ensalada Elena de patatas asadas y alubias

abril 27, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Elena Gallego y la ciencia de la alimentación

Nuestra Matilda de hoy es una española que no hubo necesidad de silenciar ni ningunear. Es como si no hubiera existido. Es irónico: podemos encontrar el registro genético de las semillas que ella seleccionó, pero no el registro de su mirada. No hay fotos. No hay cara, ni voz, ni Wikipedia. No hay rastro de su vida. No fue relevante para la ciencia. Pero su trabajo sí porque salvó muchas vidas de esa hambruna que siempre persiguió a esta España nuestra.

Elena Gallego fue una pionera en la mejora genética de legumbres —las proteínas del pobre— en una época en que la agricultura española necesitaba, más que nunca, ciencia para no pasar hambre. Durante décadas trabajó en la Misión Biológica de Galicia, dejándose la piel en el estudio de variedades locales de guisantes y alubias. Su objetivo: conseguir semillas que resistieran plagas y dieran buenas cosechas para alimentar lo mejor posible a sus gentes.

A pesar de ser la mano derecha de grandes genetistas y de liderar investigaciones fundamentales, su nombre quedó relegado a las notas a pie de página o a los agradecimientos, o al segundo o tercero o decimo lugar mientras otros firmaban los éxitos. Sabemos por el BOE que llegó a ostentar el rango más alto al que solían dejar llegar a las mujeres con formación científica. Por supuesto, sin cátedra ni dirección ni liderazgo.

Le dedicó más de 40 años a la selección de alubias y guisantes así como a la mejora del maíz híbrido que lo cambió todo en Galicia. Elena entendía que el futuro estaba en la semilla, en ese pequeño milagro que es una humilde legumbre. Sabía que para fortalecer una planta hay que cuidar su origen, y sin hacer ruido, combatió el hambre de la población con ciencia.
¿Y por qué no sabemos nada de ella? Para entenderlo, tenemos que poner contexto a su vida. Regresamos a la Guerra civil.

Cuando estalló la guerra en el 36, Galicia quedó bajo el control del bando nacional lo que evitó que la Misión Biológica de Galicia (MBG) fuera un frente de batalla físico, y mientras los varones eran llamados a filas o paseados por sus ideas, ella se convirtió en el alma de los ensayos de campo. Por su apellido —Gallego de las Cuevas—, supongo que descendía de una familia con pudientes y contactos. Franquista pero lo suficientemente progresista como para permitir a Elena estudiar una carrera y trabajar como científica. 

Trabajó bajo la dirección de Cruz Gallástegui, un científico de prestigio internacional y gran alma mater de la MBG. Su poder de influencia era tan inmenso que el régimen franquista tuvo que respetarlo aunque es de suponer que lo vigilaran de cerca. Seguramente, tras la guerra, fue quien protegió a su equipo, creando una especie de burbuja científica donde lo importante eran los resultados, el rendimiento y el conocimiento. Elena era su mano derecha, la que hacía que las semillas funcionaran y perderla era un lujo que la agricultura gallega no podía permitirse.

Así que, mientras se recluía a las mujeres en sus hogares o en conventos o en cárceles porque cualquier tufillo a "trabajadora liberada" era castigado con la cárcel o los reformatorios femeninos, ella pasó inadvertida. Resultó inofensiva para los censores y los comisarios políticos. Se salvó de la criba de la posguerra convirtiéndose en una pieza del engranaje de la Misión Biológica.

En cualquier caso en 1939, llegó la Ley de Depuración. Todos los funcionarios y científicos tenían que pasar por un tribunal para demostrar que no habían auxiliado a la rebelión —menuda ironía— así que para obtener el Certificado de Idoneidad tuvo que hacerse con informes de buena conducta emitidos por la Guardia Civil, el párroco y el alcalde de Pontevedra. 

Y ese ostracismo social, le vino bien. Su  invisibilidad se convirtió en una ventaja y es de suponer que los de depuración no vieron ningún peligro en una científica, que se estaba quedando para vestir santos y que por su condición estaba claro que era una auxiliar que ni pinchaba ni cortaba.

Y ese fue su rol durante el franquismo mientras sus colegas hombres firmaban y brillaban a costa de los logros de la Misión. Y ella aceptó no figurar. En las actas del CSIC de la época, su trabajo aparece bajo la dirección de hombres. Esto le garantizaba seguridad porque mientras el éxito fuera del jefe, ella podía seguir trabajando en paz en su laboratorio de Pontevedra.

Y esto es todo lo que sabemos. Fue una mujer que decidió que su familia serían sus plantas. Hay que recordar que las mujeres casadas no tenían permitido trabajar así que su soltería le permitió dedicar jornadas infinitas a la investigación y dedicar su vida a hacer lo que más la fascinaba. Pero a qué precio. Y lo aceptó en silencio. Como cuando se jubiló. Como cuando se murió. Y como ahora que ya nadie la recuerda. Va por ti, Elena Gallego. 

La ensalada de hoy, como no podía ser de otra forma, es legumbres y de tierra. Con esas patatas asadas, alubias blancas y un puñado de rabanitos que no me quedaban más para darle lustre a esta ensalada que se empapa en un aliño con pesto de ajo silvestre, aunque cualquier pesto hace la misma función. Darle potencia y cariño a las legumbres del pobre.

Ingredientes:
  • 2 patatas nuevas grandes
  • 1 lata de alubias blancas a tu gusto (yo he usado canellini)
  • Cebolla roja a tu gusto
  • 1 puñado de rabanitos a tu gusto
  • aliño: pesto de ajo silvestre o verde a tu gusto, miel, vinagre de vino, mostaza, sal y pimienta

Preparación:
  1. Lava bien las patatas, córtalas en daditos y las asas a 200ºC con un poco de aceite de oliva y sal.
  2. Mezcla todos los ingredientes del aliño y rectifica a tu gusto
  3. En un bol, pon todos los ingredientes cortados en fino y mezcla con el aliño.

Crema Mary Agnes de naranjas con azahar

abril 23, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Mary Agnes inquebrantable Chace

Nuestra Matilda de hoy tuvo una niñez realmente dura. El padre era una mala bestia que terminó moliendo a palos a uno de sus hijos, de 11 añitos, y la gente del lugar, indignada por la muerte del pequeño, linchó al canalla hasta la muerte. Su madre y sus seis hijos, se mudaron a Chicago, donde vivieron malamente en casa de su abuela. Ella dejó de estudiar muy pronto para ayudar a la manutención familiar. Aun así, por las noches, sacaba tiempo para el estudio. Ese espíritu inexorable ya apuntaba maneras.

Mary Agnes no permitió que las tragedias la marcaran como víctima. Supongo que en aquella época no había tiempo para victimismos. En cualquier caso, se forjó a sí misma convirtiéndose en una gran luchadora que abrió camino a muchas otras desde el activismo, la solidaridad y el conocimiento. Es posible que al haberse criado en un entorno de mujeres fuertes que sacaron adelante a la familia en las condiciones más adversas fuera, sin duda, la semilla de su activismo. Aprendió en casa que las mujeres unidas podían sostener el mundo, incluso cuando este se empeñaba en maltratarlas, ignorarlas y ningunearlas.

Se casó en 1888 con William Ingraham Chase, un editor de periódicos con quien compartía sus intereses intelectuales. Pero apenas un año después, William murió, dejándola viuda con solo 20 años y con las deudas del negocio a cuestas. Se refugió aún más en su madre y su abuela. De ahí posiblemente, nació su convicción de que las mujeres debían apoyarse entre sí, y fue esta certeza lo que años más tarde la llevaría a fundar  la Casa Contenta para que ninguna joven científica tuviera que pasar por las penurias que ella pasó. Pero sigamos.

Corre el año 1898 y Mary Agnes trabajaba en todo cuanto podía. En sus ratos libres se dedicaba a recolectar plantas por pura afición en las zonas pantanosas cercanas a Chicago. En una de sus excursiones, se cruzó con el Reverendo Ellsworth Jerome Hill, un botánico retirado especializado en musgos que, al ver sus dibujos tan bonitos y minuciosos, quedó impresionado por su talento. Así que el buen hombre se convirtió en su mentor y le propuso un trato: él le daría lecciones de botánica y uso del microscopio si ella ilustraba sus publicaciones científicas.
Y de aquí en adelante, ya todo fue estudio y dedicación. El microscopio le abrió un mundo en miniatura donde ver las flores de las gramíneas que su abuela decía que no existían. Aprendió a diseccionar espigas diminutas y a captar todos esos detalles que el ojo no alcanza. Gracias a su nueva maestría con las lentes, consiguió su primer empleo profesional a tiempo completo... no te lo pierdas: como inspectora de carne en los mataderos de Chicago. Usaba el microscopio para detectar parásitos y asegurar la calidad de la carne, un trabajo duro con el que pudo mejorar la vida de los suyos.

Su situación fue mejorando y cada vez se especializó más en lo suyo. Gracias a los trabajos que realizó para Hill se forjó una reputación como botánica especializada en pastos, hecho que la llevó a trabajar junto a Albert Hitchcock, primero como mentor y luego como colegas. Junto a Hitchcock trabajó durante décadas para el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, institución que le permitió estudiar y especializarse en pastos pero al mismo tiempo, fue el organismo que más la saboteó y ninguneó.

Le prohibieron participar en expediciones oficiales porque los patrocinadores decían que su presencia "distraería a los hombres". De regreso de una de esas, Hitchcock solicitó que el dinero sobrante, le fuera asignado a ella pero dijeron que requetenones y cito textualmente "Dudo que sea aconsejable contratar los servicios de una mujer para el propósito de la expedición".

Pero esto no la echó para atrás; se financió muchas expediciones ella misma y se valió de la ayuda de misioneras en distintos países de Latinoamérica quienes la acogían y brindaban apoyo a sus trabajos. Eso sí, mira que listucos los del Departamento de agricultura: aunque ella se financiaba de su propio bolsillo con ahorros mínimos casi siempre, los especímenes que documentaba y recolectaba pasaron a ser propiedad del Herbario Nacional. Hala.
"No es que sea valiente, es que no puedo soportar ver cómo se comete una injusticia sin hacer nada."
Así que su activismo social era para ella una necesidad vital. Fue una sufragista radical del grupo de las Silent Sentinels que estuvieron protestando frente a la Casa Blanca durante casi dos años. No gritaban consignas;  se manifestaban en absoluto silencio y sus pancartas eran su única voz. Fue arrestada y encarcelada varias veces e incluso en la cárcel hizo huelgas de hambre. Sufrió malos tratos y torturas por las autoridades. Pobre Agnes, cuántos recuerdos de su infancia debió de padecer. Pero no cedió. Los del Departamento de agricultura la amenazaban con echarla, pero Albert Hitchcock se negaba a ello diciendo que no podía terminar su trabajo sin ella.

Por cierto, Hitchcock y Chase escribieron varios libros juntos aunque su gran legado fue "First Book of Grasses" (1922) que sigue siendo una biblia para los estudiantes de botánica. Fue una de las agrostólogas más destacadas del mundo identificando miles de especies de pastos por medio mundo. Y mira qué ingrata fue la comunidad científica que esperó a que cumpliera los 89 para entregarla un Doctorado Honoris Causa en Ciencias. Este fue su primer y único título universitario.

Pero su gran logro lo obtuvo fuera de su mesa de estudio. Mary Agnes no solo luchó por sí misma. Abrió su casa en Washington, a la que llamó "Casa Contenta" porque quería que fuera un lugar de alegría y resistencia. Tras sus experiencias en la cárcel y los ninguneos en el Departamento de Agricultura, ese hogar se convirtió en su pequeña utopía feminista. Allí se alojaban jóvenes botánicas que no tenían recursos para estudiar o viajar. Fue para estas chicas, la mentora que ella nunca tuvo. 

Mira qué bonito: Mary Agnes no solo recolectaba plantas, también recogía y protegía el talento femenino y esto es lo que la hace tan especial:  no solo fue una Matilda, sino que luchó activamente para que otras no lo fueran. Ole sus naranjas.
"El estudio de las gramíneas me ha dado un propósito, pero la lucha por la justicia me ha dado una vida."
Ingredientes:
  • 150ml. de zumo de naranja
  • 50ml. de zumo de limón
  • Ralladura de naranja y limón a tu gusto
  • 125gr. de azúcar (o eritritol)
  • 3 huevos
  • 1 cda. rasa de maicena
  • 60gr. de mantequilla
  • 1-2 cdas. de agua de azahar

Notas:
  • Esta crema es un falso curd al que le he quitado algo de mantequilla y lo he compensado con un poquito de maicena. 
  • Si no quieres encontrar trocitos de la ralladura en la crema, mi consejo es que no prescindas de ella. Simplemente, pasa la crema con la batidora eléctrica de mano, antes de ponerla al fuego y montarla. 
  • El agua de azahar es un punto muy especial. No lo sacrifiques.
  • En las fotos, he montado la crema en vasitos junto con yogur griego con un par de gotas de estevia. El contraste es maravilloso.

Preparación:
  1. En un vasito, pon algo del zumo y disuelve la maicena. Lo reservas.
  2. Pon en un cazo el azúcar, el zumo, las ralladuras y los huevos. Bate y ponlo a calentar a fuego medio bajo. Cuando rompa a hervir, añade la mezcla con la maicena y sigue removiendo sin parar a fuego lento hasta que vuelva a hervir de nuevo. Lo mantienes como 30 segundos hirviendo y lo apartas del fuego.
  3. Añade la mantequilla y el agua de azahar. Una vez bien integrado, pasas la crema a un bote o recipiente y dejas que enfríe por completo.

Esquinas Noddack o Laugenecken

abril 19, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Ida Noddack, nuclearmente atómica

Mi tercera Matilda, fue una de las primeras mujeres alemanas en doctorarse en Física y Química. Junto a Walter, su marido, trabajaron de tú a tú -algo rarísimo entonces- y por lo que sea -porque la mente de los químicos es un poco raruna para qué mentir- se les metió entre H2 y O encontrar los elementos que faltaban en la tabla de Mendeleiev

Et voilà. Encontraron el Renio -el elemento 75-  uno de los metales más raros del planeta. Y no contentos, encontraron también el elemento 43 -el Masurio- y he aquí la primera injusticia: la comunidad científica dijo que nones, que nanai, que era imposible y que "jajaja" qué ocurrencia, oigan. Años más tarde, no te lo pierdas, unos tipos lo redescubrieron de forma artificial y lo llamaron Tecnecio. Y aquí paz y después gloria para el Tecnecio. 
Pero el gran golpetazo estaba por llegar. 

En 1934, el famosísimo Enrico Fermi publicó que, al bombardear uranio con neutrones, había creado elementos más pesados. Ida, con una intuición asombrosa, publicó a su vez otro artículo desdiciendo al Fermi; argumentó que el núcleo del Uranio no se hacía más grande sino que se rompía en pedazos grandes. Y así como quien no quiere la cosa, Ida Noddack acababa de describir la fisión nuclear antes que nadie en el mundo. En el mundo mundial. En la galaxia. En la vía Láctea no se sabe. Pero en el Planeta Tierra, vaya que sí sin titubeos ni peros que valgan.

Y lo que pasó después ya te lo puedes imaginar. Las vacas gordas del sector científico la desdeñaron sin disimulos. El Fermi hizo como que no oía y el resto de la manada, incluido Otto Hahn -quien años después ganaría el Nobel por... eso es ¡Bingo! por la fisión- consideraron su sugerencia como inadmisible, absurda y ridícula. A ver, qué se podía esperar de una mujer donde todo su currículo se resumía en ser la ayudante del esposo. Bah.

Y una vez más, estos señoros tan listucos tuvieron la oportunidad de haber demostrado que la humildad no está reñida con el conocimiento. Pero ni de lejos: tras confirmar experimentalmente la fisión nuclear en 1939, Hahn y su colaborador Fritz Strassmann se negaron a reconocer que Ida se les había adelantado hacía cinco años.

Reclamó y solo escuchó silencios. Cuando Hahn recibió el Premio Nobel en 1944 por la dichosa fisión, no solo ninguneó a Ida sino también a su propia colaboradora, Lise Meitner. Qué pena no tener un Nobel honorífico al mejor especialista en dar esquinazos. Pero mira qué cosas; existen unas declaraciones de Otto Hahn poco antes de morir donde reconoce o admite o... lo que sea, diciendo algo así como que "pero Ida había tenido razón a pesar de todo". 

No te lo voy a hacer mucho más largo pero Ida murió sin que la comunidad científica en bloque reconociera todos sus logros.  Hoy instituciones como la Sociedad Alemana de Química y otros organismos internacionales la anuncian sin dobleces como la primera persona en teorizar la ruptura del átomo. 

Y aunque el especialista en esquinazos fue el Profesor Otto Hahn, hoy voy a devolverle el guante y con un par de masas le dedico a Ida Noddack estas esquinas que no son un invento sin documentar. Al contrario, son un clásico del picoteo en Austria y Bavaria. Se llaman Laugenecken y son Laugen con forma triangular. Y los Laugen son todos los panecillos que antes de hornearse han estado sumergidos en agua con bicarbonato. 

Pero para que estas esquinas tuvieran el carácter de Ida, ha sido necesaria aplicar la química más contundente que una españolita de a pie puede manejar. Porque uno de los problemas de hacer Laugen o Brezel caseros, es que no siempre se consigue que cojan el color tostadito, firme y brillante tan característico sin que adquieran cierto sabor químico.  Tras años detrás del secreto -hace muchos años junto a la Majuluta, empecé a experimentar con la cantidad de bicarbonato, tiempo del baño y temperatura de horno- hoy ya sé que la clave está en "enriquecer" el bicarbonato para obtener carbonato de sodio que es infalible y nunca falla (te lo cuento en las notas).

Y esto no es todo. He hecho una "fisión" de masas para ahorrarnos horas en el plegado para conseguir el toque hojaldrado. Directamente, he levado una masa sencilla de pan de leche que he trabajado junto con una plancha de hojaldre de buena calidad. No es un invento mío; algunas blogueras alemanas lo usan. Ese sentido práctico tan natural y espontáneo que tienen para las masas, me encanta. Y si experimentas siguiendo mis consejos -te los dejo en las notas de abajo- verás qué facilón es quedar como una reinona del amaseo. Ya verás.
Ingredientes:
  • 350gr. de harina de fuerza
  • 2 cdas. de miel
  • 7gr. de levadura seca de panadero
  • 150ml. de agua
  • 60ml. de leche
  • 1/2 cdta. de sal
  • 1 lámina de hojaldre de calidad
  • Para el baño: 80gr. de bicarbonato y 2 litros de agua
  • Para decorar: semillas de sésamo, de amapola, etc.

Notas de laboratorio:
  • La masa híbrida es una manera sencillísima de conseguir un resultado espectacular sin complicarte demasiado. Ahorras tiempo pero vas a tener esa explosión de capas que es el encanto de estas esquinas. 
  • Recuerda que la cantidad de líquido depende de cada harina porque absorben de manera distinta. Siempre podrás añadir un poco más de líquido o de harina si ves que no consigues una masa hidratada pero firme.
  • Si puedes, no reemplaces la miel por azúcar. Primero, porque el paladar te lo va a agradecer y segundo porque la miel ayuda a obtener una corteza más crujiente. 
  • El bicarbonato fortalecido: para conseguir ese color caoba tan oscuro y el sabor auténtico alemán sin amarguras, debes transformar el bicarbonato en un álcali más potente. Tal fácil como hornéalo a 100°C durante una hora. Perderá agua y así tendrás polvo de carbonato de sodio que te va a dar el punto perfecto de un auténtico Laugen
  • El baño es el momento donde todos contenemos la respiración. No te estreses. Lo importante es que el agua no hierva cuando sumerjas las piezas. Si las bañas en exceso, verás que las piezas pierden la forma y es posible que terminen amargando con cierto sabor a jabón y si se quedan cortas, no brillarán. Yo cuento hasta doce (entre 10-12 segundos) por cada lado y tan bien.

Preparación:
  1. Pon todos los ingredientes de la masa juntos y con ayuda de unas varillas eléctricas amasa 2-3 minutos. Deja que la masa descanse 5 minutos y así vas a darle tiempo a que absorba bien los líquidos. La pasas a la encimera y amasa un rato hasta que veas que, aunque algo pegajosa, la masa se reúne bien y la sientes lisa. La pasas de nuevo al bol y dejas que leve 2 horas.
  2. Mientras, hornea a 100ºC el bicarbonato durante una hora. Reserva.
  3. Pasadas las 2 horas, extiende con el rodillo  la masa sobre la encimera enharinada intentando que tenga las mismas medidas de la plancha de hojaldre, la cual colocarás encima de nuestra masa. 
  4. Imaginariamente, divide la lámina en dos. Dobla una mitad hasta el centro, y haz lo mismo con la otra mitad (Mira la foto del paso a paso). Alisa un poco con el rodillo. Vuelve a plegarla de nuevo y alisa un poquito de nuevo. Con ayuda de un cuchillo o un corta pizzas, divide la masa primero en cuadrados del tamaño que quieras (yo he hecho 3x2 piezas) y luego parte cada cuadrado en dos triángulos. Colócalos en una plancha de horno con papel de hornear y deja que leven de nuevo unos 30 minutos más.
  5. Calienta el horno a 200ºC.
  6. Calienta el agua hasta hervir, disuelve el carbonato de sodio cuando el agua ya no hierva (para evitar el efecto volcán) y vas bañando cada pieza. Intenta que queden bien escurridas y las vuelves a dejar en la placa del horno. Adorna con las semillas que más te gusten y hornea acto seguido. El tiempo depende de cada horno pero será entre 25-30 minutos. Si ves que cogen el color muy rápido, baja el horno a 170ºC.

Rollos Nettie Stevens de amapola o Mohnschnecken

abril 15, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.

Nettie Stevens y la importancia del gorgojo

Hubo un tiempo en que se creía que el sexo de un bebé era una moneda al aire lanzada por la diosa fortuna, o el resultado de lo que la madre comía durante el embarazo, o la temperatura del "nido", o lo que dios quiera a secas y sin más florituras. Pero pasó lo que tenía que pasar y en 1905, una maestra que había ahorrado hasta el último centavo para poder estudiar e investigar, decidió mirar donde nadie miraba: en los testículos de un escarabajo de la harina. 

No me preguntes qué es lo que lleva a un ser humano a hacer de voyeur de un tenebrio molitor, uno de esos bichitos que les da por colarse en nuestras mejores harinas. Y aunque no venga al caso, si tus harinas no las quiere ni el tenebrio, debes preocuparte. Pero esta es otra historia.

Nettie Stevens, nuestra maestra que tuvo que esperar años hasta poder pagarse la carrera y dedicarse a sus investigaciones, vio lo que los grandes genios de su época habían pasado por alto: dos filamentos, dos hilos de vida. Uno grandote (X) y el otro, algo más chiquito (Y). Ahí estaba el secreto. No me preguntes; solo créeme que ella lo vio requeteclaro: el sexo no era magia, era genética.

Y aunque fue la primera científica en decir "Señores, el sexo lo determinan los cromosomas" haciendo públicos sus resultados, pasó que un colega suyo, un tal Edmund Beecher Wilson, publicó algo similar casi al mismo tiempo. Y aunque la investigación de Nettie era mucho más completa y detallada, la historia -o los señoros que manejaban el cotarro- dieron por sentado que el Wilson era el genio y ella la maestrilla con suerte. Vaya, que la ningunearon de mala manera.

Pero bueno, errores cometemos todos y es de sabios rectificar. Pero éstos, como que no. El gran genetista Thomas Hunt Morgan, un tipo que posteriormente se ganó el Nobel por méritos bien argumentados,  llegó a decir que Nettie era una técnica del montón. Sin especial talento.

Y lo curioso es que Wilson era el mentor de Nettie y el tipo era algo escéptico con la idea de que un solo cromosoma determinara el sexo. Ella publicó en septiembre y él en octubre. Incluso él, puso una nota al final del artículo reconociendo que Stevens había llegado a conclusiones más definitivas con sus resultados en el escarabajo de la harina. Pero como quien oye llover. 

Lo dicho: la ningunearon de mala manera. Y mientras Wilson y Morgan se consagraban como los padres de la genética moderna, Stevens nunca alcanzó ni siquiera el estatus de profesora titular con plenos derechos en una gran universidad de investigación. Trabajó principalmente en el Bryn Mawr College, una institución para mujeres que, aunque prestigiosa, no tenía ni el peso político ni financiero que Columbia o Harvard

Además, el destino quiso que Nettie muriera joven -de cáncer de mama a los 50 años- y, habiendo descifrado el código de la vida, estas eminencias se encargaron de que el mundo no le agradeciera el magnífico aporte que nos regaló a toda la humanidad. Al fin y al cabo, ellos eran las celebridades y ella una técnica con potra y poco más. 

A ver si lo pillo: una mujer, encima pobre, lista a rabiar, con una voluntad de hierro y una paciencia que ya la quisiera el santo Job; ¿una mujer de ese temple y para estos tipos era una investigadora del montón? Bravo. Y claro, murió demasiado pronto como para tener ocasión de defender sus descubrimientos así que olvidarse de sus méritos fue, si cabe, más fácil aún. 

Y el caso de Stevens no es único. Obedece a un patrón muy concreto y sistemático donde la comunidad científica las usaba, se aprovechaba de sus hallazgos y luego las borraba del papel. Mira si era injusto que estas científicas, tienen casi todas en común el tener prohibida la entrada en las sociedades donde se discutían sus propios descubrimientos.

Las que consiguieron relucir un poco más de lo acostumbrado es porque tenían un hombre detrás, perdón, delante que no las ninguneó y aún así, siempre fueron en su tiempo, las segundonas, las asistentes de ellos. Por tanto: si hay que hablar de ellas, pues se habla.

De todas formas, qué irónico ¿verdad? En tiempos de Nettie, a las mujeres se nos reservaba el mundo entre harinas y pañales por obligación, porque se suponía que no valíamos para más. Nos cerraban con llave las puertas de la ciencia y demás humanidades, pero ahí la tienes; rebelándose contra el destino y buscando la verdad en los testículos de un gorgojo para que tú y yo entendamos algo de genética. O no pero eso no es culpa de Nettie.

Hoy las cosas han cambiado, al menos en las formas: entramos y salimos de la cocina cuando nos place. Ya no buscamos cromosomas entre los bichos de la harina, pero nos enharinamos hasta las orejas por puro placer y para darnos el gusto. Sin que nadie nos dicte el sitio ni nos corte las alas. 

Así que, prepárate estos rollos de amapola solo si te da la gana porque sino no te van a saber ricos. Y, entre bocado y bocado, brindemos por las Netties de la historia. Porque es hoy y solo en esta parte del mundo, donde las mujeres vamos cogiéndole el truquillo a eso de disfrutar de la vida sin pedir permiso. Y entre todas tenemos que escribir este capítulo de la historia para que las que vienen detrás lo tengan más sencillo.

Y ahora, cambiemos de rollo.

Ingredientes:
  • 200ml. de leche tibia
  • 1 huevo
  • 2 cdas. de miel
  • 500gr. de harina de espelta ( o trigo)
  • levadura seca para 500gr. de harina
  • 70gr. de mantequilla
  • opcional: un poquito de ralladura de limón o naranja
Para el relleno:
  • 150gr. de semillas de amapola molidas
  • 100ml. de leche caliente
  • 80gr. de azúcar
  • 30gr. de mantequilla
  • vainilla

  • Acabado: yema rebajada en agua para pincelar y una glasa para cubrir (azúcar glas, unas gotas de limón y una cdta. de leche)


Notas:

  • Me encanta el acabado de esta masa estando bastante hidratada. El problema es que complica la formación del rollo pero lo he solucionado de esta forma: Cuando hagas el rulo y veas que se queda bastante plano (míralo en las fotos del paso a paso) no pasa nada: corta rodajas de unos 2-3 cm. y las haces rodar cada una de ellas haciendo un rollo y las colocas en la fuente. Merece la pena lo jugosos que quedan. 
  • Si por el contrario, prefieres unos rollos convencionales con la masa más firme, deja en 160ml. la cantidad de leche.
  • Una regla de oro: la mantequilla derretida en bizcochos, sí. En masas levadas, no.


Preparación:

  1. Mezcla todos los ingredientes en un bol menos la mantequilla. Amasa con las varillas eléctricas unos 3 minutos. A mano 5 minutos. Deja reposar 5 minutos.
  2. Añade la mantequilla reblandecida y vuelve a amasar hasta que veas que está bien incorporada. Pasa la masa a la encimera y amasa a mano hasta que veas que tiene cuerpo, está blandita y se despega con facilidad (entre 3-5 minutos). Deja que leve hasta que doble el tamaño (entre 1 hora y media a 2h.)
  3. Mientras, prepara el relleno. Calienta la leche y agrega las semillas, el azúcar y la vainilla. Haz una pasta y agrega la mantequilla. Lígalo todo bien y reserva.
  4. Enharina la encimera y estira la masa en un rectángulo, untas la pasta de amapola, enrollas como un brazo de gitano (forma de rulo) y cortas rodajas de 2-3 cm. Procede según las notas anteriores . Coloca los rollos sobre una fuente engrasada dejando huecos entre ellos para que puedan levar bien. Deja que leven otra media hora.
  5. Precalienta el horno a 170-180ºC.
  6. Pincela con la yema de huevo rebajada en agua los rollos y hornea hasta que veas que cogen un bonito color dorado (Entre 20-30 minutos). Prepara la glasa y cuando estén casi fríos, pon un poquito a cada bollito por encima.

Pestiños anaranjados a la Alice Ball

abril 12, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Alice Ball
Fue una química afroamericana que, con solo 23 años, descubrió el primer tratamiento efectivo contra la lepra. Hasta entonces había sido una enfermedad maldita, inmisericorde,  donde los enfermos eran desterrados o recluidos abandonados a su suerte. La muerte en soledad, no había otra.

El mérito de Alice fue triple: aparte de tan importante hallazgo, fue la primera mujer afroamericana en graduarse por la Universidad de Hawái y la primera mujer profesora de Química en esa misma universidad. Pero ¿mujer y afroamericana? exacto, Alice tiene todas las papeletas para ser miembro premium en el club del Efecto Matilda.

De niña, trasteaba siempre junto a su abuelo que era un reconocido fotógrafo y daguerrotipista local. Así que su infancia transcurrió entre placas de metal, vapores de yodo, mercurio y plata. Creció viendo a su abuelo manipular ácidos y revelar imágenes como si el laboratorio fotográfico fuera su particular zona de juegos. 

El abuelo tenía la salud delicada así que la familia se mudó a Hawái esperando que sus dolencias se atenuaran. El clima de Seattle le traía por la calle de la amargura. Y allí comenzó todo.
El Dr. Harry T. Hollmann, que trabajaba en el hospital de leprosos, estaba desesperado porque el aceite de chaulmoogra, el único remedio conocido contra la lepra, no funcionaba. Sabía fatal y los enfermos lo vomitaban antes de que hiciera efecto; era además ininyectable y tan denso que se quedaba hecho un mazacote bajo la piel y causaba unos abscesos de película de terror. Y es que el dichoso aceite era además insoluble; no se mezclaba con la sangre ni a tiros.

El caso es que había oído hablar de una joven profesora de química que era una maga en lo suyo y le pidió ayuda. Alice aceptó el reto sin dudarlo. Se puso a ello y, no te lo pierdas, en menos de un año descubrió cómo hacer que el aceite de chalmoogra fuera soluble en agua. ¿Y cómo lo hizo? pues con un rigor científico requetebrutal. Aisló los compuestos activos del aceite y los convirtió en una sustancia que sí era soluble en agua. No me preguntes cómo que lo mío son las letras pero por primera vez en la historia de la humanidad, el aceite podía inyectarse y el cuerpo lo absorbía sin problemas. Gracias a Alice, miles de personas han salvado la vida. Ahí es nada.
Pero negra y mujer en 1915 ¡qué se podía esperar! recuerda que la segregación racial no era un mero conflicto moral o cultural. Había leyes (las leyes Jim Crow) que castigaban severamente la integración de la gente de color en la vida sociocultural americana. Su descubrimiento quedó completamente marginado y más aún cuando un año después, en medio de una clase y por error, inhaló gas cloro. Murió con tan solo 24 años.

Muerta y ninguneada. Olvidada pero su descubrimiento era un hito para la ciencia. y claro, llegó el plagiador de turno, en este caso el presidente de su misma universidad Arthur L. Dean que se adueñó de su método y lo publicó sin ni siquiera nombrarla. Con un par de pestiños mal refritos. 

Y aquí dio comienzo el largo camino por restituir su hallazgo encabezado primero por el Dr. Harry T. Hollmann que se pasó la vida intentando sin éxito que el mal llamado Método Dean se llamara como tenía que llamarse. Varias eminencias a lo largo de los años lo intentaron también pero no fue hasta el año 2000 que la Universidad de Hawái finalmente colocó una placa en su honor junto al único árbol de chaulmoogra del campus.

Cada 28 de febrero se celebra en Hawái el Día de Alice Ball, momento elegido a conciencia pues marca el final del Mes de la Historia Negra (Black History Month) y el comienzo del Mes de la Historia de la Mujer (Women's History Month).

Si Alice Ball logró que un aceite denso e imposible se volviera soluble para salvar vidas, tú y yo vamos a hacer nuestro propio experimento. El secreto de estos pestiños no está solo en la masa, que he intentado ajustar al máximo en aceite y dulzor, sino en su baño alquímico: un almíbar de panela y naranja que, al igual que el Método Ball, transforma ingredientes sencillos en algo espectacular. Un glaseado que empapa cada pestiño en frescura para que cada bocado sea un homenaje a su memoria. Va por ti, querida.

Prepárate, porque el resultado es, sencillamente, requeteAlice. 
Ingredientes:
  • 60ml. aceite de oliva
  • 1 rama de canela
  • piel de limón
  • unas semillas de anís o matalahúva
  • 250gr. de harina de espelta
  • 60ml. de vino blanco
  • el zumo de 1/2 naranja
  • una pizca de sal
Almíbar:
  • 150gr. de piloncillo de panela (o panela molida)
  • 100ml. de zumo de naranja
  • 50ml. de agua
  • un chorrito de ron
  • 1 rama de canela

  • mezcla de aceite de oliva y de girasol a partes iguales para freír
  • ralladura de naranja y semillas de ajonjolí para el acabado

Preparación:
  1. Calienta el aceite de oliva junto con la cáscara, la canela y las semillas de matalahúva. Deja que macere un poquito a fuego muy suave y deja que enfríe por completo.
  2. En un bol, pon todos los ingredientes de la masa con el aceite colado. Liga la masa con una espátula, pásala a la encimera y amasa unos 4-5 minutos. Deja que repose 1 hora.
  3. Para el almíbar, pon todos los ingredientes en un cazo y lleva a ebullición. Deja que reduzca hasta que notes el punto casi de caramelo (sacas unas gotitas sobre un platito y al enfriar tiene que espesar). Mantenlo calentito.
  4. Extiende la masa sobre la encimera con ayuda de un rodillo. La masa tiene que quedar muy fina. Puedes poner unas gotas de aceite sobre la encimera para que no se pegue la masa. Con un cortamasas (o cortapizzas o un cuchillo) corta la masa extendida en cuadrados y pliega dos de los extremos del cuadrado hacia el centro y presiona para que no se abran en el aceite. 
  5. Pon a calentar el aceite para freír en una sartén honda con unas cáscaras de naranja. Cuando veas que se fríen, baja el fuego a medio alto y comienza a freír los pestiños. Los vas dejando sobre papel absorbente de cocina para que pierdan el exceso de aceite.
  6. Baña cada pestiño en el almíbar, lo depositas sobre una fuente y vas espolvoreando la ralladura de naranja y el ajonjolí.

Lentejas con col

abril 09, 2026
Voy a intentar contarte rápidamente el caso de "La Suiza". Tenemos que regresar al 2017 cuando una empleada de la pastelería La Suiza en Gijón acude al sindicato CNT. Denuncia que, además de deberle horas extras, no tiene vacaciones y describe un cuadro de acoso laboral donde el dueño le hacía comentarios inapropiados sobre su cuerpo y vida personal. 

El sindicato entra en acción y reclama en nombre de la empleada el dinero que le debe y exige que corrija el trato hostil. El dueño se niega a negociar con el sindicato así que comienza una campaña de boicot típica. O no, porque las concentraciones en la puerta de la pastelería con pancartas, megáfonos y tal se alargan durante meses. Parece increíble que una petición tan legítima -y más entendiendo que la deuda no superaba los 2.000 €- llegara a la escalada judicial donde el empresario denuncia al sindicato por coacciones, alegando que todo ese ruido constante le está haciendo perder clientes y que su salud se está dañando con todo este asunto. Un par de miles y un trato adecuado a una empleada; parece que ese ha sido el valor de su establecimiento.

El conflicto se vuelve tan tenso que la pastelería termina cerrando sus puertas definitivamente y sorpresa, un juzgado de Gijón condena a 3 años y medio de cárcel a seis personas por coacciones graves y obstrucción a la justicia. El Supremo ratifica la condena bajo el argumento de que las protestas no eran libertad sindical, sino un plan retorcido de hostigamiento al dueño hasta que pagara o cerrara.

Tras ingresar en prisión en julio de 2025, la presión social fue tal que se les concedió el tercer grado casi de inmediato, permitiéndoles una semilibertad, pero la condena penal de cárcel sigue en sus expedientes. Acabo de ver que a Nacho Vidal le han caído tres años por tráfico de drogas. ¿No es de locos? ¿Qué nos pasa compatriotas?

Nos pasa que somos unos pendencieros del ocho. Que este sigue siendo un país que pretende resolverlo todo a la gresca y por "mis lentejas que no doy el sofrito a torcer". Algo en lo que la jurisprudencia debería ser más imparcial y razonable pero que por lo que sea, termina siendo parte activa del caos; de la injusticia me atrevería a decir porque esto se tendría que haber detenido mucho antes, con mediadores y sin jueces de por medio. Y siempre, y digo siempre, a los trabajadores hay que protegerlos. 

Es evidente que es muy difícil probar lo que se dice o se deja de decir en una conversación privada y sin testigos pero que una deuda de esa cuantía tan ridícula, termine con seis ciudadanos en la cárcel es muy tremendo. Que serán todo lo que tú quieras pero caramba, que no trafican con drogas, ni roban ni regentan una mafia local de contrabando de milhojas. 
Ahora te voy a contar lo que le pasó a Günter en la Uni de aquí: su contrato era de técnico de laboratorio y tras jubilarse los responsables, contacta con su dirigente sindical para preguntar si es lícito reclamar la equiparación del sueldo y cargo a su situación actual. Le dice que sí y que él se hace cargo. Habla con RRHH y le comunica que sin problemas, que no será inmediato pero que sí, que hay voluntad. Ahí queda el tema y nadie vuelve a hablar de ello porque Gunter confía y no tiene ni una razón para pensar que le están dando largas. Y tiene razón: meses más tarde le equiparan cargo y sueldo, y para su sorpresa le han ingresado los atrasos, algo que nadie solicitó pero es lo justo, ¿no? Pues si es justo, se hace y punto.

¿Ves la diferencia? Consenso vs. conflicto. En España los derechos se conquistan a gritos en la calle porque no hay mecanismos de confianza. Así ha sido siempre pero a partir de ahora, mucho ojito porque si gritas demasiado, el sistema te castiga con el código penal. Vaya, que te trae más a cuento robarle al de La Suiza los bollos porque sería un cargo de hurto por el cual, en este país, nunca vas a pisar cárcel.

En cambio, en Austria, los derechos de los trabajadores se gestionan en una oficina. No hace falta megáfono porque la ley se cumple de forma casi automática. Los sindicatos funcionan como gestorías y el sistema no necesita de héroes ni mártires ni mucho menos se llega -creo que si digo jamás no me equivoco- al ataque al orden social ni al escarmiento penal en un caso claro de abuso iniciado en el despacho del jefe.

En el caso de La Suiza, la ley ha sido muy rápida en ver coacción cuando un grupo de personas grita frente a un comercio para pedir un pago legítimo pero bastante más lenta cuando un jefe te dice en privado que si no haces horas gratis te vas a la calle.

Así que ya sabes, no todos somos los mismos europeos; por un lado los mediterráneos explotando el modelo del conflicto frente al centroeuropeo que solo se plantea el consenso: la guerrilla frente a la consultoría. Y que nadie se haga  líos; la economía aquí fluye mejor porque hay paz social con una estructura legal y económica muy sólida. 

Porque la seguridad económica elimina el miedo, eso es rotundo a más no poder. Y si se apostara por sueldos que cubran las necesidades permitiendo incluso ahorrar un poquito, la gente gastaría más dinero y todos contentos. O casi, porque habría que obligar a los políticos a que apuesten por iniciativas pequeñas y que dejen de favorecer de una vez a los gigantes y multinacionales... ¿pero no lo ves? 

La derecha no actúa para que tú crezcas, mira por las grandes corporaciones. Si crees que ellos te van a hacer prosperar es que no has aprendido nada. Y la izquierda, perpetuamente anclada en el griterío, en el ruido que se va a dormir tan tranquila como si así arreglara el mundo. Qué no, que basta de gestos vacíos. Que los millonarios nos están asfixiando; que son ellos los que nos han metido en este lío. Que son los de siempre, los mismos a lo largo de la historia. Que para ellos todos somos prescindibles: trabajadores que o hacen horas de más o se van a la calle y empresarios que no ingresan lo suficiente para saber si van a poder abrir sus negocios el mes que viene.

Si no tienes casa, ni trabajo, ni pasta para pagar facturas no es culpa ni de los empleados ni del patrón. El enemigo no está en estos pagos. Hay que estar unidos para arrinconar a los que nos están llevando a la ruina. En paz, en calma y con respeto, no es necesario abusar de nadie ni tirar de grandes brechas ni injusticias. Pero algo está muy claro: el abuso se vuelve cotidiano cuando el miedo al hambre es mayor que el deseo de justicia.
Ingredientes para 4:
  • 1 patata grande
  • el equivalente en boniato, zanahoria o calabaza
  • 1/2 col pequeña
  • 1/2 cebolla
  • 1/2 puerro
  • 1-2 ajos
  • 1 punta de pimiento verde a tu gusto
  • 1 vaso de agua o de caldo de verduras
  • 1 lata grande de lentejas (unos 800gr.)
  • 300-400ml. de salsa de tomate
  • 1 poco de pimentón (tipo murciano, sin sabor ahumado)
  • sal, pimienta y orégano a tu gusto
  • algo más de agua para cubrir si hiciera falta
  • algo de aceite de oliva 

Preparación:
  1. En una sartén mojada en un poco de aceite de oliva, saltea la patata y el boniato pelado, ambos pelados y cortados en trocitos menudos. Saltea unos 10 minutos a fuego medio-bajo y tapado para que no pierda hidratación. agrega la col cortada en tiritas menudas. Rehoga un par de minutos y salpimienta. Reserva.
  2. En la misma sartén mojada de nuevo en un poco de aceite de oliva, rehoga la cebolla, el puerro, el ajo y el pimiento. Cuando empiece a transparentar, añade el vaso de agua o de caldo, como prefieras. Deja que transparente y lo trituras.
  3. De nuevo en la misma sartén (si es honda, si no en una cacerola) añade las lentejas, el sofrito de cebolla y puerro, las hortalizas con la col, el tomate, las especias y un poquito de agua si ves que queda espeso. Remueve bien, rectifica de sal y pimienta si hiciera falta y deja que cueza nos 5 minutos a fuego lento. Apagas el fuego y que repose otros 5 para que asiente los sabores y las texturas. Listo

Payasam de Kerala y la deuda infinita

abril 05, 2026
Querido lector, nuestro viaje toca a su fin. Es hora de descansar y que mejor forma de hacerlo que degustando un buen dulce y una buena historia:

La leyenda cuenta que en un templo cerca de Cochín, en Kerala, el mismo puerto donde Catarina vio por última vez su tierra, el dios Krishna ganó una partida de ajedrez a un rey requetesoberbio. Krishna hizo un poquito de trampas y se presentó disfrazado de viejo mendigo en el templo de Ambalappuzha donde este soberano vivía. A éste, además de tirarse el pisto de lo estupendo que era, le encantaba jugar al ajedrez y le pareció divertido fanfarronear un poco con el mendigo en plan sobrado. 

Entre guasas le preguntó qué le gustaría de regalo si ganaba la partida, algo de lo que estaba convencido que no pasaría pero le resultó gracioso ilusionar al anciano, que tan solo pidió un grano de arroz que tendría que duplicar en cada casilla del tablero. 

Menuda nadería, pensó el rey. Y jugaron. Y perdió claro. Y cuando el mendigo reclamó su premio, a la que el monarca iba colocando granos de arroz, comprendió que ni todo el arroz del mundo bastaría para pagar esa deuda; ni una montaña de granos tan grande como el Everest sería suficiente. 

Pero Krishna mostró su misericordia, no para con un rey necio sino para con su pueblo que como siempre, sería quien tendría que pagar a costa de su miseria.  Le dijo al monarca que, puesto que no podía sufragar la deuda de golpe, la pagaría todos los días de su vida, hasta el fin de los tiempos.

Desde aquel día, en el templo de Ambalappuzha, el soberano y sus sucesores han tenido que cocinar Payasam de arroz todos los días y repartirlo gratis a los peregrinos y pobres. Esta es  la deuda impagable de Kerala.
¿Crees que Catarina llegó a probar el payasam? En sus sueños, cuando sus padres llegaban a Puebla llorando de rodillas y ella los perdonaba, en esos delirios ¿conseguiría recordar el aroma del cardamomo y el jengibre? Imagino que para la pobre mujer, la locura fue más reconfortante que la realidad. Eso duele.

Yo ahora, con este arroz de hoy, el mejor que he podido comprar en el colmado hindú de mi ciudad, confío en aportar algo a la deuda impagable que el universo tiene con las Catarinas esclavizadas y maltratadas del mundo. Ojalá esta deuda moral tuviera el poder de imbuir algo de cordura a la humanidad que no es que la haya perdido; es que nunca la ha tenido. No importa dónde mires ni cuánto viajes a través del tiempo. 

Este arroz con leche, además, representa la inquebrantable voluntad de Rukhmabai que no se dejó malear por las leyes injustas del país. Representa al payasam más tradicional, que no ha mutado para adaptarse a ningún intruso. Es el Kheer por excelencia, que viajó a Persia y de allí saltó a Europa, a África y a América pero aún así, el que se hace con basmati de grano largo y firme, ha luchado contra la estandarización manteniendo su memoria.  

Es además con esa forma de cocinarlo, sofriéndolo antes de cocer para que sellen bien los granos y no se pasen, como ha perdurado su excelencia no solo en la cocina hindú sino que también lo ha hecho en España gracias a la cocina heredada del Al-Ándalus, quienes -casi al tiempo que echábamos a unos y descubríamos a otros-  lo introdujo a su vez en México; es un mapa por sí mismo que representa lo perdurable e inexorable de la cultura humana; es también el origen de los desarraigados, los que tuvieron que irse a la fuerza, como Salomón y  Subhro y Catarina
Quiero pensar que este payasam sagrado es el puerto de llegada de todos esos viajes rotos que no entienden ni de siglos ni de fronteras; es el consuelo para la "locura" de Carlota, la justicia para la "santidad" de Catarina, la libertad de Rukhmabai, el descanso para Salomón y la identidad olvidada de Imilce.

Qué bonito sería pensar que este arroz con leche -Kheer- con sus aromas a rosas, a jengibre y cardamomo no es un postre más en el blog. No sé si suena retorcido pero en este viaje de cuatro mujeres y un elefante, hemos desenterrado vidas sin  profanar la memoria, sin dañar el recuerdo pero vociferando a los cuatro vientos o a aquel que desee escuchar, que los ricos y poderosos han sido siempre los mismos a lo largo de la historia. Ellos traen eternamente penurias, maldad, injusticias y dolor. 

Es tan grande la deuda infinita que tienen para con la humanidad que deberían estar todos ellos, todos los días, cocinando arroz con leche para los desplazados, los pobres, los marginados y los desarraigados. Son ellos, los que deberían ser borrados y ninguneados por la historia. No sus víctimas.

Cuatro mujeres y un elefante

Bombay  ·  Lisboa — Viena  ·  Cartagena  ·  Viena  ·  México  ·  India

Notas:
  • Cada ingrediente es necesario. Son clave para que no termines cocinando un arroz con leche europeo con especias. 
  • La diferencia entre un Kheer del norte o del sur (como éste nuestro que se llama payasam) está en la leche de coco. Se usa una más diluida o clara (mira en los ingredientes que tenga un 60% de pulpa de coco más o menos) y otra más solida, que conserva separada la crema del agua (en los ingredientes verás que es 90% pulpa de coco). La cremosidad es importantísima y dependerá de este detalle.
  • En los Kheer del sur se usan anacardos y pasas aunque en el norte también lo acompañan con almendras y últimamente pistachos que están tan de moda. No caigas en la trampa. Para nuestro payasam solo pasas y anacardos tostados con un poco de ghee.
  • Si puedes muele el cardamomo en un mortero y luego lo cuelas con un colador para quitarle la cascara y usas solo el polvo.
  • Las gotas de agua de rosa, si puedes, no las omitas. Son un verdadero puntazo de olor y el viaje va a ser completo.
  • Si no dispones de ghee siempre podrás usar mantequilla pero no tardas nada en hacerlo casero: derrite mantequilla sin sal de buena calidad sin mezclar con nada y la derrites hasta hervir a fuego medio-bajo. Forma una espuma blanca chisporroteante  que no debes retirar. Esta espuma bajará y se convertirá en un polvito que se deposita abajo en el cazo. Cuando ese polvo coja color dorado, lo retiras del fuego, cuelas bien el ghee y lo guardas en un frasco. 
  • una vez hecho el payasam, si ves que esta dulce para tu gusto le puedes añadir un poco más de leche de coco espesa. 

Ingredientes:
  • 160gr. de arroz basmati
  • 2-3 cdas de ghee líquido para sofreír el arroz
  • 200-220gr. de jaggery rubio (o piloncillo de panela oscuro o panera molida)
  • un poquito de agua para diluir el jaggery
  • 400ml. de leche de coco clara (60% más o menos)
  • 3-4 vainas de cardamomo recién molidas y filtradas con el colador
  • 1/2 cdta. de jengibre molido
  • 400ml. de de leche de coco espesa (90% más o menos)
  • anacardos y pasas a tu gusto salteadas en 1 cda. de ghee líquido
  • 2 gotas de agua de rosas

Preparación:
  1. Lava muy bien el arroz y sécalo un poco con un trapo.
  2. Calienta el ghee en una cacerola a fuego medio y sofríe el arroz seco hasta que los granos brillen ligeramente. Así evitamos que pierda su punto cuando le añadamos el jaggery.
  3. Vierte la leche de coco ligera y cocina a fuego muy lento hasta que el arroz esté tierno pero mantenga su forma íntegra. Depende del arroz pero te llevará unos 15 minutos. Puede que algo más.
  4. Mientras, derrite el jaggery con un poquito de agua en un cazo a parte. Lo viertes sobre el arroz y lo integras bien. Añade el cardamomo y el jengibre. Deja que el arroz cueza durante 5 minutos más. Ya apartado del fuego, le añades la leche de coco espesa. Remueves bien hasta que esté cremoso. Por último, agrega un par de gotas de agua de rosas y vas dejando que enfríe a temperatura ambiente. 
  5. En una sartén pequeña a fuego medio, tuesta los anacardos y las pasas en un poco más de ghee hasta que éstas se inflen y los anacardos cojan color dorado. Viértelo todo sobre el Payasam.
 
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