Es de noche y sin luna en los pantanos de Maryland. El barro le llega hasta las rodillas y la humedad nocturna le ha calado hasta los huesos. En la lejanía se oye el ladrar de perros; no parece que se acerquen, y eso es buena señal. Aun así, la ponen muy nerviosa. Un pequeño error en la ruta a seguir, y los perros de cualquier granja aledaña podrían oler el rastro. Y cuando esto pasa, el capataz sabe que es hora de salir a cazar. A la caza del esclavo. De cualquier edad y sexo. A la caza de negros que solo merecen el látigo primero y la horca después.
Ningún fugado habla ni se queja. Han sido advertidos. Harriet no va a dudar en usar su revolver. La vida del grupo, de la red del "ferrocarril subterráneo" y del legendario "teletipo de la parra" dependen de no ser descubiertos. Si algún esclavo intenta huir despavorido por culpa del miedo y es cazado, entre latigazo y latigazo, antes de que su cuerpo cuelgue de cualquier árbol, los habrá delatado a todos. A las familias cuáqueras que dan soporte, también.
Desde hace horas, Harriet tampoco habla. Se comunica imitando al búho o al zorzal. Su apenas metro y medio de estatura facilita su camufle entre los juncos o los magnolios silvestres. Solo sus ojos la delatan: fríos y duros como el acero.
Ella es Harriet Tubman. Y fue la gran jefaza del ferrocarril subterráneo, una red clandestina de hombres y mujeres valientes que sabían más que el hambre. Estaban tan bien coordinados que hizo el mismo viaje trece veces al sur para rescatar a familiares y decenas de personas más, de la esclavitud.
Nunca perdí un pasajero y mi tren nunca se salió de la vía.
Y no mentía. El viaje era largo, había que alimentar al grupo y elegir bien las etapas a seguir ya que a veces había que modificarlas sobre la marcha dependiendo de si había cerca partidas en su búsqueda. Cosa, por cierto, que siempre pasaba.
Y ese éxito, en gran parte, se debía a que el teletipo de la parra seguía funcionando, haciendo que las noticias corrieran como la espuma y manteniendo consignas secretas que hablaban más claro -y rápido- que el telégrafo. Para comunicarse con los esclavos que estaban escondidos en los campos sin levantar sospechas, utilizaban cantos espirituales modificados. Si en una plantación se cantaba Go Down, Moses cambiando sutilmente el tono, significaba que el camino estaba despejado; si se cantaba otra melodía, la cosa se ponía difícil y significaba que los sabuesos estaban cerca y había que ocultarse y estar bien calladitos.
A veces a los niños pequeños se les daba algo de opio para que no lloraran. La cabeza de Harriet tenía precio, y no era moco de pavo, aunque daba un poco igual porque si eran descubiertos todos terminarían del mismo modo; columpiándose por el cuello porque así es como se zanjaban siempre todos los asuntos de esclavos. Total, eran baratos y había muchos.
Y esta manía de salvar esclavos de las plantaciones sureñas, ¿De dónde le venía? Pues de su carácter inquebrantable; por sus bemoles; porque era lo justo; porque había que parar esa locura. Tal cual. Y bueno, sus circunstancias personales también influyeron porque hay cosas en la vida que cuesta hacerlas la primera vez. Luego se coge carrerilla y amplia es Castilla. O Maryland.
Harriet estuvo casada con un liberto que miraba más por sus cosas que por las de su esposa, que seguía siendo esclava. Esta parte de la historia, no te la puedo confirmar ni desmentir porque el puritanismo con el que han envuelto su vida, hace que no podamos decir a ciencia cierta pero los hechos a veces hablan por si mismos.
Si una esclava daba a luz, alumbraba esclavos. Tal cual. Y a ella no le salía del moño. Parece -hay secretismo con esto- que Harriet quedó embarazada o bien del esposo, del capataz o del patrón que todos tenían derecho a usarla. El marido dijo que pasaba de huir, que le daba igual, que él no solo no iba a escaparse sino que amenazó con delatarla. Así las cosas, se va a la francesa y mientras está oculta parece que parió a una criaturita que dejó con una buena familia de esclavos manumitidos. Como cualquier madre, el dolor debió ser infinito y prometió volver a por ella.
Ya en Filadelfia se convierte en una mujer libre por derecho propio. Y los siguientes diez años los pasa rescatando esclavos en un total de trece expediciones. Sus hazañas se cuentan por doquier y empiezan a apodarla "Moisés". No es para menos. En estas misiones, libera a sus hermanos y a sus ancianos padres que haciendo virguerías -los pobres nos estaban para muchos trotes-. Es infalible y me imagino el odio tan grande que su nombre debía despertar en capataces y amos. Trece expediciones, trece bofetadas.
El senador abolicionista William H. Seward le vende a Harriet, en unas condiciones de pago muy favorables, una pequeña parcela de tierra con una casa en Auburn, Nueva York. Este lugar se convertirá en su cuartel general, su hogar definitivo y el refugio para su familia y cualquier desamparado.
Harriet, en un momento dado, después de haber comprado su pequeña granja en Auburn, Nueva York, viaja a Maryland y regresa con Margaret, su pequeña de ocho años. Dijo que volvería a por ella y cumplió su palabra.
Nunca admitió públicamente que fuera hija suya. Tenía motivos. Margaret nació de una esclava así que era automáticamente esclava. Como sobrina, fue siempre libre. Su amiga Frances Seward, sabiendo que la pequeña era el eslabón más débil y preciado de Harriet, siendo la suya la familia más poderosa de Auburn, hizo de escudo para proteger la vida de la niña.
En un mundo donde el valor de una cría negra era en dólares y cadenas, Harriet prefirió ser tía antes que madre para no condenar a su hija por el peso de su propio destino. Margaret recibió gracias al Senador Seward no solo una vida acomodada, sino también la mejor arma de resistencia para la hija de una esclava: una educación de élite reservada para los blancos, lejos de la miseria, del estigma de la plantación y de las garras de los cazadores de recompensas. Harriet se aseguró de que su hija creciera libre.
Poco después, en plena guerra civil, Harriet se unió al ejército de la Unión en Carolina del Sur. Fue cocinera y enfermera, aunque por lo bajo, montó toda una red de espías afroamericanos. Y cómo desperdiciar su talento y experiencia: hizo de exploradora y espía demostrando una vez más su talento y valentía.
Pero la cosa no quedó ahí; lideró de forma brillante el asalto contra las posiciones confederadas al río Combahee convirtiéndose en la primera mujer en planificar y dirigir una operación militar en EE. UU., logrando liberar a más de 750 esclavos en una sola noche. 750, ahí queda.
Y como la ingratitud sale gratis, terminada la guerra el gobierno se niega a pagarle su salario militar y comienza una batalla burocrática de más de 30 años por su pensión. Su única batalla perdida. Menuda ironía.
Ya de vuelta en casa, la granja está siempre llena de familiares y desamparados. Tras enterarse de la muerte de su primer marido, hace nuevas nupcias con Nelson Davis, un veterano de guerra veinte años menor que ella. Adoptan a una bebé huérfana a la que llaman Gertie, curando en ella viejas heridas y anhelos de ser por fin, una madre que puede dedicarse a ver crecer a su niña.
Nelson, su marido, estaba enfermo de tuberculosis siendo la causante de su muerte. Tras tres décadas de humillaciones y rechazos, el Congreso le concede finalmente una pensión mensual como viuda del veterano Nelson Davis. La espía, la estratega, la cocinera, la enfermera, la señora de armas tomar, invencible e irreductible; esa, no se mereció especial reconocimiento. Para su gobierno, fue la señora viuda de.
Para mí, Harriet es esa mujer de la foto. Con el gesto corporal un poco avergonzado ante la cámara pero con los ojos al acecho: ha sobrevivido a la esclavitud, ha huido sola, ha regresado trece veces a rescatar a otros y ha liderado un asalto militar armado, ha liberado a 750 más. Ha su hija Margaret también. Ha cuidado y amado a Gertie y Nelson que posan a su lado. Ella es, bajo esa determinación de acero y la fragilidad del alma mil veces rota en cientos de pedazos, digo, ella es el retrato de la soberanía de su palabra.


Ingredientes:- 1 pollo
- 2 tallos de apio
- 1 puerro
- 2 zanahorias
- agua
- algo de ajo y cebolla en polvo
- sal, pimienta
- 110gr. de harina
- 1 huevo mediano batido
- 1 cda. de mantequilla
- 1/4 cdta. de sal
- 30gr. de agua
Notas:
- Te va a sobrar pollo que podrás usar en hacer unos burritos o unas empanadas.
- A la hora de hacer los dumplings hay que tener en cuenta lo de siempre: que las harinas no absorben igual. La masa tiene que ser fácilmente manejable. Si hace falta, añade más agua o harina según te convenga.
- Muchas recetas recurren a la cucharada de maicena para blanquear el caldo pero no hace falta. Una vez que retires el pollo y la zanahoria, trituras en el caldo el puerro y el apio. Luego lo cuelas y tendrás un caldo con más sabor y más textura. Así potencias el sabor, no lo neutralizadas.
- Puedes cocer el pollo al amor de la lumbre pero con el precio de la luz y del gas, mi consejo es que tires de olla exprés. Sale igual de rico.
Preparación:
- Pon la olla con el pollo, las verduras y agua hasta cubrir. Pon un poco de sal y pimienta. En mi olla necesito 15minutos.
- Prepara mientras la masa: amasa todo junto hasta que este lisa y suave. Deja reposar unos15-20minutos.
- Desmenuza el pollo que vayas a usar y guarda el resto. Trocea las zanahorias y reserva.
- Tritura el caldo, y pásalo a una cazuela colado. Añade el pollo y la zanahoria. Adereza con cebolla y ajo en polvo y rectifica de sal y pimienta. Cuece a fuego suave.
- Extiende la masa con un rodillo y corta cuadraditos más bien pequeños porque crecen en la cazuela. Los añades a la cazuela y rectifica de caldo si ves que se queda seco. Cuece hasta que los dumplings tengan la textura de una pasta fresca.