Bolas de calabacín y queso

agosto 16, 2026
meme
Del ingl. meme, palabra acuñada en 1976 por R. Dawkins, biólogo inglés, sobre el modelo de gene 'gen' y a partir del gr. μίμημα mímēma 'cosa que se imita'.

1. m. Rasgo cultural o de conducta que se transmite por imitación de persona a persona o de generación en generación.
2. m. Imagen, video o texto, por lo general distorsionado con fines caricaturescos, que se difunde principalmente a través de internet.
Bueno, me voy a meter en un jardín sin flores, en pleno verano y con sequía pero este melón había que abrirlo tarde o temprano. Voy a dejar la segunda acepción de la palabra porque el rollo chistoso todos lo tenemos ya muy interiorizado. A veces en exceso -tampoco es cosa de mentir- porque hay que ver la de tontadas carentes de ingenio que circulan por ahí, enredándolo todo sin ningún pudor. Ole tú la de estupideces que ruedan dando más miedo que risa. Pero esa es otra historia.

Yo hoy me voy de cabeza a por la primera. Rasgo cultural que se transmite por imitación... pero eso es un refrán, ¿no? o un proverbio, o un aforismo. Solo que ahora circulan con una rapidez vertiginosa sin darle tiempo al tiempo que es -o era- especialista en curtir dichos y redichos en sabiduría viejuna. Y es que, para ser justos, el paso de los años le otorga a las bobadas un regustillo a umami popular que cuando es tejido con lana nueva parece que pierde chispa. Pero no menospreciemos lo que se cuenta en las paredes ni en los muros de las redes porque hay cosillas de lo más interesante. 

Ahora -eso sí- el meme va a toda pastilla y sin frenos. Desde luego, al que se le ocurrió la terrible idea de poner la opción de compartir en redes habría que analizar con detenimiento su mente, ciertamente perversa y retorcida. Porque a lo tonto, como somos de clic rápido, reenviamos cualquier cosa casi sin pestañear, un poco en plan locatigüisqui -como decía mi padre- sin cavilar la moñería. 

Y de repente, un me gusta y luego otro; y luego... ¡Oye! que nos venimos arriba y el ego se pone tan contento por haber sido tan ocurrente; qué más da si la idea, la imagen o texto no es de cosecha propia. Con un simple clic nos hemos apuntado el mérito -ajeno- y tan contentos. Pero los efectos secundarios se hacen notar rápido: el cuerpo nos pide más.
Por cierto, esa primera vez la ofreció Digg con su "digg it", pero fue Tumblr quien la convirtió en gesto social con la opción de "reblog". Luego llegaron los retweet y el resto ya es historia. Pero sigamos. El caso es que mola mucho que te inflen a likes con algo que, lo de menos, es si es tuyo o no. Pero puestos a ser sinceros, no es lo mismo ser un replicante cuyo único mérito es darle al cliqui-cliqui de ratón o de dedo índice, que ser un generador de contenido. Dónde va a parar. 

Esto ya es otro nivel: nuestro ombligo empapado en adrenalina nos invita a  coger ese video, frase o historia -o receta que en nuestro gremio esto está permanentemente de moda- y manos a la obra; dependiendo del ingenio y el tiempo libre del creador de refritos, se tunea más o menos. Y hala, a menearlo bajo autoría propia. Y para los que carecen de talento, tampoco pasa nada: se copia todo al dedillo y aquí lo que sea, y después gloria.

Y es por eso que vemos una y otra vez imitaciones que erosionan sin mucho tacto la delgada línea entre el contenido compartido y la falta de originalidad, exprimiendo al máximo el comportamiento de rebaño -como decía Lope de Vega, todos a una-. Interactuamos no con quien mejor contenido nos da sino con quien más influencia aparenta. 

Ya te habrás fijado en que existen plantillas repetitivas para rascar visualizaciones: "el truco de mi abuela" o "el secreto de los mejores chefs que no quieren que sepas"; o "como me habéis preguntado muchos" pasando por el siempre eterno "quédate hasta el final para"; o maltratar los ingredientes tirándolos al perol sin ningún mimo, estrujar panes y bollos como si fueran esponjas de mar o amplificar los sonidos para que suenen a... ¿a qué? A saber.
Pero regreso al meollo que veo que me he colgado por sus ramas. Todo esto viene porque el algoritmo de Insta me dejó clavada con una frase que me encantó:
Imagínate que al leer un libro, no exista la opción de volver la página atrás.
¿Con cuánta atención leerías ese libro?
Eso es la vida.
Venía sin firmar. Mecachis, yo quería saber de quién era y a la que me pongo a buscar al paciente cero -sí querido lector, soy así de friqui- no encontré nada anterior a una publicación en Instagram de Manuel Landeta, un actor de telenovelas mexicano. No me malinterpretes, que seguramente ni él mismo se acuerda de haberlo escrito -o de que se lo escribiera quien sea que le lleve sus redes-. Lo que me ha dejado de aquella manera, ha sido la ironía: una frase con ese punto de sabiduría milenaria, de las que uno esperaría encontrar en un tratado de estoicismo, en un ensayo de algún filósofo ruso del XIX o -cuando menos- en boca de un monje budista, y mira por donde su huella más antigua documentable es mayo del 2020: un post con 3457 likes y comentarios del calibre de "Belo 👏🤩".

Que me parece muy bien, no me tuerzas el renglón. Pero he pensado que lo mismo las cosas han cambiado y lo han hecho demasiado rápido. El refrán tradicional ganaba autoridad porque sabías que lo respaldaban generaciones, porque tu abuelo lo decía y él lo escuchó del suyo. Era anónimo por el desgaste de los siglos. Pero el meme-aforismo de hoy necesita ser huérfano para que cualquiera se lo pueda apropiar y no busca la imitación para aprender o preservar la cultura -como dice la definición- sino para alimentar la inercia algorítmica que tan solo vela por el negocio de sus dueños.

Llámame loca pero parece que el meme viral actúa como herramienta de una programación que premia la copia exacta de la manada frente a la calidad personal y distintiva del individuo. Y no creo que sea por tontuna; puede que su objetivo principal sea mantenernos atrapados en las tendencias que el logaritmo crea y que los replicantes necesitan para seguir creando contenido a saco. Vaya, más madera para que el tren no se detenga.

En cualquier caso, y a falta de conocer cuál fue el primer refrito que dejó esa frase tan potente, me tomo la licencia de pensar en que lo mismo su origen está en la llamada imprenta de los pobres -que decía Galeano-. Pensar que es una de esas genialidades que dicen las paredes. Y ya puestos, qué mejor forma de cerrar esta memegrafía con una de las famosas frases que recogió Eduardo en El libro de los abrazos, dentro de su sección Dicen las paredes:
Coopere con la policía: tortúrese usted mismo
Y con un cierre tan cooperativo, qué mejor que torturarte con esta meme-receta que nace fruto de los huevos tontos y de los buñuelos de pan engrandecidos con ingredientes extras. Con calabacín siempre triunfan y sí, verás un montón de recetas similares rodando por ahí. Y como pasa con las frases bonitas, por mucho que rueden -incluso con faltas ortográficas- uno nunca se cansa.
Ingredientes:
  • 2 huevos
  • 350gr. de calabacín rallado o triturado
  • 100gr. de queso (mitad parmesano y mitad manchego, cheddar, etc.)
  • 100gr. de pan rallado un poco en grueso
  • 60gr. de harina de maíz
  • 1 ajo
  • perejil
  • Sal y pimienta
  • abundante aceite neutro para freír 

Preparación:
  1. En un bol, pon el calabacín y el queso rallados o triturados junto con el resto de ingredientes. Deja que repose unos 20-30 minutos en la nevera. Mi consejo es que, cuando tengas el calabacín rallado, lo estrujes con un trapo limpio para quitarle algo del agua que suelta para que se formen mejor las bolitas.
  2. Coge una cucharita y ve formando las bolas mientras calientas el aceite en una sartén honda. Si ves que aun así están poco consistentes, añade algo más de pan rallado o harina de maíz.
  3. Vas friendo las bolitas y las dejas escurrir en papel absorbente de cocina. Calientes o templadas están deliciosas. Acompáñalas de tu salsa favorita.

Carpaccio de tomates con burrata, anchoas y pangrattato

agosto 08, 2026
Para verificar su testimonio, Artemisia es torturada mediante unos cordeles atados a sus dedos, los cuales son apretados por un verdugo. Este tormento es  conocido como la sibila, y a veces llegan a apretar tanto que las falanges se rompen. "È vero, è vero", repite una y otra vez mientras estrujan con más empeño. Cuando ponen fin al martirio, entre lágrimas de dolor y rabia, mira a su prometido y señalando las marcas en sus dedos, le increpa: "Este es el anillo que me das y estas son tus promesas".

Es la primogénita de Orazio Gentileschi, un reconocido pintor caravaggista y aunque las academias de arte no admitían mujeres, Orazio forma a su hija junto a sus hermanos demostrando ser la más capaz de todos ellos. Un colaborador del maestro, llamado Tassi, la viola en el propio estudio familiar. A modo de reparación se le obliga a prometerse pero el muy pieza ya estaba casado, tenía relaciones con su cuñada y había intentado matar a su esposa.

El maestro, para salvar la reputación de la familia, le denuncia a las autoridades y durante el proceso, para verificar el testimonio de su hija -la víctima en este pleito, no lo olvidemos- es torturada porque en aquella época, se acudía al tormento tan pronto para arrancar confesiones como para verificar testimonios. Y aunque quien denunció fue el padre, el dolor se lo causaron a ella. Y por lo que sea, en esta ocasión no encontraron necesario torturar al violador.

Y no te lo pierdas, todo eso para nada; porque al malnacido, una vez declarado culpable, se le da a elegir entre cinco años de trabajos forzados en galeras o destierro de Roma. Elige el destierro, por supuesto, y como estaba bien relacionado poco después logra que le indulten sin ni siquiera dar tres pasos fuera de Roma.

Y como la honra de la joven estaba en entredicho y el honor familiar no podía mancillarse, se la casa de malas maneras con Pierantonio Stiattesi, un pintor florentino venido a menos que resulta ser una pieza de mucho cuidado. Se mudan a Florencia y el talento de Artemisia brilla por toda la ciudad como luces de neón en una feria.

Se convirtió en la primera mujer admitida en la Accademia delle Arti del Disegno de Florencia, artísticamente prosperaba y entabló amistad con lo mejorcito de la ciudad, entre ellos con un tal Galileo Galilei; ¿te suena, verdad? Pues como ves, todo parecía ir viento en popa si no fuera porque sus hijos se le iban muriendo a los pocos meses de nacer. Ya ha perdido tres bebés. Otros dos parecen haber superado lo más difícil. Y a este dolor, se suma la vida de vivalavirgen del marido quien su único talento es sembrar el día a día de Artemisia de pleitos y deudas. Y a saber que más.

Por toda Florencia hay nobles adinerados sufragando artistas. Los mecenazgos están de moda gracias a los Medici y Francesco Maria Maringhi, un joven noble florentino requeteguapete, no solo financia los gastos artísticos de Artemisia sino que surge el chispazo y se enamoran perdidamente. Han sobrevivido cerca de 36 cartas entre ellos que son oro puro; cuánta pasión y picardías. Desvelos, fogosidades, ironías, fervores, distanciamiento y reproches... porque así fue, la relación no aguantó demasiado cuando tuvo que mudarse a Roma deprisa y corriendo porque los acreedores iban a por ella. La distancia es lo que tiene, y aunque mantuvo la lealtad intacta, Francesco terminó buscando otros brazos y visitando otras sábanas.
Pero no fue algo de la noche a la mañana. De hecho no existe constancia fehaciente de cuándo y cómo. No había paparazzi en aquellos tiempos pero se intuye que ese amor se diluyó poco a poco porque tampoco existen pruebas que avalen la idea de que la relación sobrevivió a la distancia. En cualquier caso, en ese momento mientras huía a Roma, él se encargó de saldar sus deudas, vendiendo o recuperando pertenencias de la mejor forma posible. En la ruina y lejos de su amor, cuando parecía que nada podía ir peor, pierde a su hijo varón de cinco años. ¿Puede existir dolor más grande?
Consuelo de mi vida. He recibido dos cartas de Vuestra Señoría, que me han causado mucha angustia al saber que Vuestra Señoría fue sometido a grandes molestias por mi causa, aunque también me causa mucha angustia no haber podido llegar a una solución tal que mis pertenencias no tuvieran que venderse, y yo misma no sé qué me llevó el Amor a hacer, pero como me he quedado sin nada, viviré aquí como una ermitaña. Ahora veo que la fortuna me ha dado la espalda, pues me roba todas las cosas que me son queridas y útiles, y como prueba, considerad que Dios me ha quitado a mi hijo, hace ya cinco días que murió y me estoy muriendo de pena.
Y ¿el Pierantonio? te preguntarás; pues a lo suyo. A gastar y esconder la cabeza. Mira si era de mala calaña, que en algunas de las cartas de amor de Artemisia a Francesco, el garrapata aprovechaba el dorso para hablar de "negocios". A ver, como ya sabemos de sobra, las mujeres no podían firmar ni manejar negocios sin la rúbrica del marido pero eso sí, cuando la quiebra y la huida, el sinvergüenza desaparece de escena. No es quien se queda a asumir las consecuencias de sus devaneos con el juego y otros vicios. Cuando llega a Roma, el maestro Gentileschi casi se lo come a bocados pero oye, como quien escucha llover.

Y aquí hay algo muy retorcido que bien merece que se cuente. Aparte de usar el reverso de las cartas de su esposa, el Pierantonio mantenía su correspondencia privada pidiendo caudales básicamente: que si este negocio, que si estos gastos, que si lo de más allá. Dinero. Por algo Francesco era el mecenas y amante de su esposa. Y entre ese carteo, se ha conservado una un poco perturbadora:
Haré caso de los avisos y buenos consejos que me da Vuestra Señoría, sobre lo cual el amigo de allí arriba en Roma fue abordado por dos hombres; le dispararon con un arcabuz, herido pero no muerto, y el otro lo persiguió con un hacha para rematarlo, sin que pasara nada más; solo quedó con una herida leve o ninguna, sea lo que Dios quiera.
Yo aquí leo que posiblemente Francesco, aprovechando los contactos barriobajeros del consorte, le pidió algún que otro favor para saldar cuentas en última instancia. Pero mira que retorcidos somos: un historiador y director de museos italianos llamado Claudio Cerretelli, ha analizado cartas y archivos originales del siglo XVII sobre lo que se puede reconstruir de nuestra artista. ¿Y qué ha descubierto?

Es curioso que no aporte detalles sobre, por ejemplo, cómo gestionaba su taller en Nápoles o negociaba sus honorarios, o cómo montó su taller o qué impedimentos encontró a la hora de entrar en la Accademia delle Arti del Disegno de Florencia. No, se monta un peliculón interpretando que estas palabras de Pierantonio obedecen a que ofreció algún tipo de escarmiento al Tassi, tal vez para avisarle que no se acercara de nuevo a su mujer o para vengar la afrenta de la violación. A buenas horas, hombre.

Venga, no me fastidies. Una y otra vez, nos regodeamos en el morbo. Ve a cualquier buscador y cuando pongas el nombre de Artemisia leerás violación y amante, violación y amante y violación y amante. Esta atmósfera es tremendamente sofocante. De todo lo que se ha escrito sobre ella, la inmensa mayoría gira en torno a tres hombres -violador, marido y amante- y solo leerás sobre unas pocas semanas de su vida, no de sus cuarenta años de pincel.
Mi corazón. He recibido de Vuestra Señoría una de esas cartas que son mi consuelo y me devuelven de la muerte a la vida, y si supierais la alegría que siento, estoy segura de que si es verdad que me amáis sentiríais igual alegría. Vuestra Señoría me dice que no conocéis a otra mujer aparte de vuestra mano derecha, tan envidiada por mí, pues posee lo que yo no puedo poseer de mí misma, y luego me agradecéis haberos ofrecido mi casa. ¡Oh, mi querida vida! Me hacéis mal, pues bien sabéis que soy vuestra mientras aún respire.
Pues conmigo que no cuenten. No soy historiadora, ni directora de museos. Soy una guisandera de andar por casa que no ve en Artemisia ni una heroína ni una víctima. Veo a una mujer que lidió con lo que le tocó como a casi todas. Que aún siendo forzada la honra familiar estaba por encima de su bienestar. Que aun siendo testigo público de su propia vejación, la justicia la tortura. Veo a una mujer que tuvo motivos para que la vida se la devorara viva y de mala manera y en vez de eso, creyó en sí misma y en su talento. Y se enfrentó a la vida con un par, pese al dolor de perder cuatro hijos; pese a la angustia de proteger a la única que le quedaba, a quien enseñó a pintar y se desvivió por acumular una jugosa dote que le proporcionara un matrimonio lejos de las miserias cotidianas.

Veo a una mujer pasional y entusiasmada que hace que se me pongan los pelos de punta cuando evoca con envidia la mano derecha de su amado. Ay ella, que amó contra viento y marea pero que llegando al final de su vida, alguien que dándola por muerta, escribió un par de epitafios donde no se menciona su obra artística; ambos la reducen a un chiste sobre infidelidad conyugal.

Y cómo es posible no hablar de sus desnudos: Danae, Cleopatra (varias versiones), Venus dormida, Betsabé en el baño (también varias versiones)... o de obras como Judit decapitando a Holofernes, Susana y los viejos o su Autorretrato como La Pintura (Alegoría de la Pintura) donde se representa a sí misma personificando el propio arte de pintar, algo que ningún hombre podía hacer ya que la alegoría de la Pintura se representaba siempre como mujer.

Tanto arte del que hablar y la minimizamos a su más pequeña expresión: la de ellos. De verdad, ¿tanto cuesta?

Hoy toca receta multicolor, sin domesticar, tal cual como ella pintaba, sin suavizar nunca la sangre de sus Judit. Un carpaccio de tomates de jardín con su puntito de anchoa: pequeña, salada, de las que la gente desprecia o ningunea, y sin embargo sostiene todo el sabor del plato. Y esta vez sin que se vea. Hasta que no lo tengas en el paladar no sabrás que esconden las anchoas.
Ingredientes:
  • Tomates variados (colores y tamaños distintos)
  • 1 burrata
  • Pangrattato: pan cortado muy fino, 1cda. de mantequilla y otra de aceite de oliva, 1 ajo machacado, algo de chile rojo molido y algo de queso parmesano
  • Emulsión de anchoas: 6-8 filetes de anchoa en aceite, 1 diente de ajo, algo de aceite de oliva, un poquito de miel de caña y algo de zumo de limón.
  • Salsa de hierbas: albahaca, perejil y otras hierbas frescas y algo de aceite de oliva
  • Para terminar: cebollino fresco picado fino y un poco de Tajín a tu gusto
  • opcional: unas flores y hojas de capuchinas

Preparación:
  1. Tritura lo más fino posible las hierbas con una cucharada o dos de agua. Añade el aceite y monta una crema ligera. Reserva.
  2. Tritura el diente de ajo con las anchoas hasta formar una pasta. Añade poco a poco el aceite de oliva hasta que tengas como una vinagreta espesa. Añade un poquito de miel y un chorrito de zumo de limón a tu gusto. Reserva.
  3. Para el pangrattato, corta en pan en trozos muy muy menudos. En una sartén, funde la mantequilla junto con el aceite de oliva a fuego medio. Añade el ajo machacado y dora el pan a fuego medio, moviendo constantemente, hasta que esté dorado y crujiente. Retira el ajo. Fuera del fuego, añade un poquito de parmesano rallado y un poquito de chile si deseas darle algo más de caracter. Reserva.
  4. Corta los tomates en láminas finas o gajos, según la variedad, jugando con los colores. Dispón en el plato como un carpaccio, ligeramente solapados.
  5. Reparte la emulsión de anchoas sobre los tomates.  
  6. Con una cucharadita, dibuja puntos o hilos con la salsa verde alrededor del plato. Coloca la burrata en el centro y la rasgas un poquito. Espolvorea el Tajín y el cebollino fresco picado fino.

Knishes neoyorkinos de patata

julio 30, 2026
Nos vamos al Nueva York de 1969, a la calle Christopher Street. Allí se encuentra el Stonewall Inn, uno de los bares gais más populares de la ciudad.  A pesar de que ya no es ilegal servir alcohol en un garito de ambiente, la homosexualidad todavía es un delito penal. Bueno, la fechoría es la sodomía pero para estas cosas todo el campo es orégano. Esta tibieza jurídica hace que conseguir una licencia sea casi imposible, motivo por el cual la mayoría de los establecimientos siguen dependiendo de la mafia quien mantiene lo más lejos posible a la policía. Aun así, las redadas y brutalidad policial son el pan de cada día. Y para no perder la costumbre, en la medianoche del 28 de junio se presentan a repartir leñazos a diestro y siniestro.

Como suele pasar, se lía parda: los polis a porrazos, los clientes tiran monedas de 10 centavos a la cara de los uniformados y a la que la cosa se va calentando, vuelan hasta botellas. Gritos, voces, que si "cerdos", que si "pervertidos", que si tal y pascual. Lo de siempre.

Marsha está de fiesta en Manhattan y cuando llega al bar todo está en llamas. Se recalienta más que una patata caliente y se suma a la refriega que en esos momentos es una batalla en toda regla. Se le cruzan los cables; se sube a un coche patrulla con un ladrillo en la mano y rompe el parabrisas. Y esta estampa se hace tan célebre, que Marsha P Johnson se convierte de la noche a la mañana en el icono de la resistencia gay. Los disturbios durarán todavía cinco días más y la militancia de Marsha ya es pura épica marcando el ritmo imparable de un cambio radical en materia de derechos LGBT.

La implicación de Marsha -y su fama- fue desde entonces frenética. Tanto que le pasó factura: poco después sufrirá varias crisis nerviosas que la desgastarán tremendamente. Pero a ver, qué quieres: travesti afroamericana que sufrió violencia sexual infantil y que para ganarse la vida, solo le quedó la prostitución. Vejaciones, palizas de muerte. Vulnerabilidad, trauma, precariedad y exclusión social. Y ese ladrillazo vino a declarar, que si los gais están fuera del sistema, ella y las organizaciones que lidera -como STAR House, el primer refugio LGBT del país- van a luchar por concederse algo de dignidad y cuidado entre la propia comunidad. Nace, o mejor dicho, coge fuerza el movimiento del orgullo.

Al año siguiente, se celebrará la primera marcha del orgullo el 28 de junio; se llamará el Día de la Liberación de Christopher Street y caminarán las 51 manzanas que separan Stonewall Inn de Central Park.
Y es que ya había necesidad por cambiar las cosas: homofobia y transfobia generalizada, homosexuales asesinados o desaparecidos sin que nadie moviera un dedo. Y el sida -maldito bicho- que ha sembrado de muerte, dolor y rechazo las calles del mundo entero obligando a miles de ellos a salir del armario a la fuerza. Era necesaria una revolución social, moral, emocional y humana. Y ella no pararía quieta jamás, haciendo gala de esa implicación tan firme y tan suya.

Pero claro, las crisis nerviosas de Marsha se inflamaban de alcohol y drogas. Eran tiempos donde se recurría con demasiada frecuencia a estas sustancias con fines anestésicos, para sobrellevar las asperezas de la vida, aunque ahora en la distancia todos sabemos que estas cosas siempre se las ingenian para pasar factura. Aun con todo, ni en los peores momentos cesó su activismo y su generosidad para con los demás; continuó con la lucha y no solo sobrevivió en aquella vida tan hostil sino que logró dejar de consumir.

Doña "carácter imprevisible", además de vivaracha y optimista -algo que le era casi innato-, una vez con el cuerpo limpio de sus anestésicos, se volvió encantadora -así lo recordaba su amigo Wicker- y se dedicó por completo a la causa social del colectivo alimentando y amparando a gente sin hogar. Era increíblemente religiosa y pedía a todos los dioses que se cruzaban en su camino: le daba igual entrar a rezar a una iglesia católica, bautista o a una sinagoga. Cuanto más apoyo de los jefes, mejor.

Y sacó tiempo para cuidar durante muchos años de la pareja de su amigo Wicker, que se desgastó poco a poco por culpa del sida. Marsha tenía esa capacidad de ayudar a los demás sin romperse. Sin flaquear.

Fue en Greenwich Village, el 4 de julio de 1992, cuando se la vio por última vez. Había estado recibiendo amenazas pero para no faltar a la verdad, no era algo excepcional. Estaba acostumbrada y no le dio ni la más mínima importancia. O sí, o lo mismo sí, porque después varios allegados contaron que ella había expresado preocupación: “Alguien quiere hacerme daño.” Dos días después su cuerpo apareció flotando en el río Hudson.

La policía calificó su muerte de suicidio tan rápido, que ni siquiera se había realizado la autopsia. Ésta resultó ser una chapuza y, por lo que sea, nunca se ha hecho pública. Sus amigos repetían constantemente que Marsha no tenía pensamientos suicidas e insistían que tenía una herida grande en la parte trasera de la cabeza. No podía haberse hecho eso ella sola. Tras años de presión, se consiguió en el 2002 que la causa de la muerte se cambiara a ahogamiento por causas indeterminadas. Esto es todo lo que se hizo por investigar el caso.

Porque qué más daba. En aquella época flotaba siempre ese airecillo con un slogan no siempre pronunciado pero siempre remarcado: "ellos se lo han buscado". Qué más daba si fue una muerte con reyerta o a traición o por atragantamiento. Se lo había buscado. Así eran las cosas.

Cuando decidí escribir sobre Marsha, he agitado el avispero de mis recuerdos y del dolor y de la rabia. Por un momento, creí recordar que cuando me enteré de su muerte, mi hermano Juanpe hacía pocos meses que había muerto. Pero no, al mirar de nuevo al pasado, al reconstruir esos últimos meses de vida junto a él, comprendí que debí enterarme de la muerte de Marsha varios meses después. Juanpe pasó un verano terrible. En septiembre, mientras cumplía sus 23 años de vida, nos dijeron que era la recta final. El muy canalla les hizo la peineta y remontó ligeramente. Pudimos pasar la navidad todos juntos. Sabíamos que era la última.
Nosotros vivimos con ese tufillo de "se lo ha buscado" pegado a la nariz. Qué crueles podemos ser. Tan querido cuando nadie sabía que era gay y luego... En el Carlos III, solo les atendía personal voluntario. Eran pocos y tenían que hacer muchos turnos dobles. Pero no los abandonaron. Mientras en la cafetería del hospital, el personal debatía sobre la teoría del mosquito, nadie cayó en la cuenta que ninguno de nosotros, sus cuidadores y familiares, enfermamos. Les aseábamos, besábamos y abrazábamos. Y no nos contagiamos. Nadie se dio cuenta o nadie quiso darse por enterado. Eran infecciosos y se lo había buscado. Ese era el discurso oficioso.

Y en pocos años, madre mía, cuántos logros se consiguieron. Parecía que habíamos dado pasos enormes en cuanto a respeto y tolerancia. Existió un tiempo donde cada cual vivía su sexualidad como le salía del moño. Recuerdo con mucha alegría aquella marcha del orgullo en Madrid en la que se celebró la legalización del matrimonio igualitario. Qué bonito ver cómo se llenaron las calles de familias festejando. Todos nos sentíamos el mismo colectivo, una única sociedad donde los del tufillo a prejuicios parecían que tenían fecha de caducidad.

Pero como dijo Miguel Hernández, el odio aguarda su instante dentro del carbón más hondo. La sociedad del odio siempre encuentra como alimentarse. Se multiplica cuando las personas no se conforman con odiar en soledad sino que buscan que todos odien a su mismo nivel. Así es como la sociedad supura inquina y deshumanización, no al revés. Porque a veces pensamos que un ser malvado contamina y polariza al resto, a la manada; al rebaño. Pero cada vez estoy más convencida que funciona al revés; hay personas que no quieren que el odio sea una elección personal sino un síntoma social.

Y cuando terminan con un objetivo, buscan otro y otro hasta que no quedan más que los suyos. Y en este punto, acusarán también a sus parroquianos, tirando de la manta en su propia jaula sin pensar en las consecuencias. Porque el odio no se detiene jamás. Y es necio a rabiar.

Esta vez la receta tenía que ser muy Marsha, muy neoyorquina. Y no había nada más simbólico que los Knishes calientes de patata que son el sabor callejero de aquella Nueva York ruda, vibrante y peleona en plena transición cultural. Estos puestos callejeros formaban parte del paisaje diario permitiendo comer por unos cuantos centavos algo rico y contundente. En los carritos no faltaba nunca una botella de mostaza al alcance de los clientes.

Con o sin mostaza, están de lujo.
Ingredientes:
  • 350gr. de harina
  • 1 cdta. de polvos de hornear
  • 1 huevo L
  • 50gr. de mantequilla
  • 50gr. de aceite suave
  • 100gr. de agua templada
  • 1 cdta. de vinagre
  • 1 cdta. de sal
Para el relleno:
  • 3-4 patatas grandes
  • 1 cda. de mantequilla
  • 2 cebollas
  • 1 huevo
  • sal y pimienta
Para pincelar: reserva un poco de yema del huevo del relleno y lo mezclas con algo de leche. Puedes terminar con un poco de sésamo por encima.

Nota:
  • La combinación de mantequilla y aceite en la masa (en lugar de schmaltz tradicional) le da elasticidad, aroma y facilita el trabajo al formar los rulos. Reserva un poco del aceite de la masa para luego engrasar la encimera que la masa se pueda estirar y dar forma con más facilidad.

Preparación:
  1. Cuece las patatas hasta que estén tiernas y machácalas. Aparte, fríe la cebolla muy picada con la mantequilla hasta que esté bien dorada. Mezcla las patatas machacadas con la cebolla frita, el huevo y salpimienta. Deja enfriar completamente.
  2. Mezcla todos los ingredientes y amasa a mano unos 5 minutos. Deja reposar la masa tapada 30 minutos.
  3. Precalienta el horno a 180ºC.
  4. Divide la masa en 2 partes de unos 300g cada una. Moja la encimera con un poco de aceite que has reservado y extiende cada parte en forma rectangular. Coloca la mitad del relleno (ya frío) a lo largo de cada rectángulo y cierra la masa formando un rulo. Corta cada rulo en 7 porciones iguales (14 piezas en total). Enharina ligeramente cada porción y aplasta con cuidado contra la encimera para que el relleno quede bien sujeto.
  5. Coloca las piezas en una bandeja de horno con papel de hornear. Pincela con una mezcla del poquito de yema que has reservado y algo de leche y espolvorea con semillas de sésamo si quieres. Hornea hasta que cojan un color dorado suave.

Quiche de puerro, tomates y queso de montaña

julio 24, 2026
Burdeos, enero de 2014. La Fédération française de génétique humaine se disponía a entregar su gran premio a Marthe Gautier por su papel en el descubrimiento de la trisomía 21 -ella había identificado el cromosoma adicional asociado al síndrome de Down-. Poco antes del congreso, la Fundación Jérôme Lejeune se enteró del evento y de la intención de la científica en exponer abiertamente sobre su descubrimiento que -Oh, sorpresa- se lo apropió Lejeune.

El modus operandi es el clásico del fenómeno Matilda. Pero esa fundación, enriquecida gracias al aporte de Marthe, utilizó su poder en los tribunales -nada como disponer de muchos caudales para tener a tu disposición a los tiburones de la abogacía- y obtuvo autorización legal para que un alguacil grabara su intervención. El fin de esta estrategia estaba claro: amedrentar, coartar e intimidar a la Federación alegando que quería observar si se difamaba la memoria de Lejeune.

Y no se lo pensaron: anularon el acto y, envuelta en una bolsa de plástico, alguien de la Fundación le entregó el premio. No tuvieron la valentía de realizar ni tan siquiera un acto privado que reconociera el mérito de Marthe.

Y esto, fue ¿acoso? ¿humillación? ¿impunidad? A ver señoras y señores, tampoco saquemos las cosas de su sitio. Lo importante es que, a raíz del escándalo que se formó, el comité de ética del Instituto Nacional de investigación biomédica francés hizo público un dictamen a favor de Marthe Gautier. Y esto ya fueron palabras mayores aunque, al fin y al cabo, la cosa quedó solo en eso: palabras. Marthe acababa de cumplir 89 años.

Para reconocer sus méritos con algo de justicia poética -o lo que sea-, fue condecorada como oficial de la Legión de Honor, condecoración que ya había rechazado en un par de ocasiones porque no le iba eso de que le doraran la píldora. Ella quería reparación. Y bueno, lo aceptó como un acto de protesta. Una última peineta al mundo científico antes de irse al otro mundo, algo que todavía alargó unos 6 años más.

Pero aquí no termina la violencia legal que la Fundación del Jérôme ejerció contra todo aquel que quisiera reconocer los méritos de Marthe Gautier: bastantes años después, la física y dramaturga Élisabeth Bouchaud -autora de la serie teatral Les Fabuleuses, dedicada a Matildas como Lise Meitner, Jocelyn Bell y Rosalind Franklin- estrenó el cuarto episodio de la serie dedicado a Marthe. Estamos en 2026 y la obra reproduce, entre otras cosas, el  escándalo de Burdeos. Y de nuevo, los herederos de Lejeune -a través de la dichosa Fundación- demandan a Élisabeth Bouchaud por difamación hacia la memoria de los muertos.

En fin, ya sabemos cómo funcionan estas fundaciones y asociaciones de supuesta alta moralidad pero que usan los tribunales para amordazar, intimidar, acosar y despellejar a los que levantan la voz en contra de sus intereses. O que sienten que se levanta la voz contra ellos porque parece que todo vale menos que se imponga la verdad. Porque esa obra no es un manifiesto contra Lejeune sino un acto para visibilizar a Marthe.

Bouchaud, naturalmente, ha sido respaldada por numerosos estamentos científicos, artísticos y culturales -como el Bureau de la Académie des sciences, la institución científica de más peso de Francia-, que la han apoyado denunciando esta tentativa de limitar su libertad artística por parte de la familia Lejeune quien persigue silenciar, cueste lo que cueste, a Marthe Gautier.
El robo -sí, nada de tibiezas querido lector- ocurrió bajo el mismo modus de siempre: científica descubre algo crucial, hombre se lo apropia, institución/nes lo protegen y comunidad científica que calla. O susurra. O dice: a ver señoras y señores, tampoco saquemos las cosas de su sitio. Porque seamos francos: desde que Margaret tiró de la alfombra, el mundo se conforma con entregar un par de premios, una placa conmemorativa -y no siempre- adornado todo ello con un discurso en plan "Oh cuanto talento tienen las mujeres y qué poco las hemos reconocido. Bueno, no pasa nada. Aquí estamos para repararlo". Y hala, todas tan contentas.

Bueno, pues Marthe no. Ella no se callaba ni debajo del agua. Durante años, no tuvo altavoz para denunciar lo que pasó. Su frustración se limitó a mandar la investigación al garete y volver a dedicarse al mundo académico. Lo entiendo, a veces hay que hacer estas cosas por salubridad espiritual. O mental. Tú sabes. Y años después, con el Efecto Matilda revoloteando por el mundo entero, se dijo: Como me calle otra vez, me enveneno. Y tiró para adelante.

¿Cómo, qué no te he contado como fue el regate de la trisomía 21? Te lo resumo: En 1958, Marthe ensayaba con una técnica de cultivo celular que había aprendido en Harvard y que nadie más dominaba en su laboratorio. Así logra ver el cromosoma de más causante del síndrome de Down. Pero carece de microscopio con cámara, así que confía sus preparaciones a Jérôme Lejeune, entonces un joven becario del servicio, para que las fotografíe.

Y le hace el lío: publica el hallazgo por su cuenta firmando como primer autor, relegando a Gautier al segundo lugar pese a haber sido ella quien concibió y ejecutó la parte técnica decisiva. A partir de aquí, todo son méritos, logros y recompensas a Lejeune en solitario mientras que Gautier, silenciada y sin altavoz durante décadas, termina abandonando esa línea de investigación. Regresa a la docencia más quemada que la pipa de un indio.
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Pero oye, a mí no me hagas caso alguno porque soy una incendiaria. Porque soy tan mal pensada que omito constantemente la premisa de la presunción de inocencia, esa parte que dice "que por ignorancia o atribución errónea". Un cuerno. O dos. O los que haga falta porque aquí nadie se chupa el dedo y muchos de los impostores tuvieron ocasión de rectificar y dejar hueco a las Matildas y no lo hicieron. Porque no les dio la gana.

Vale; dame un minuto que me calme.

Lo voy a replantear: si lees esta entrada sobre los impostores, verás que pongo tres ejemplos de robos entre varones. Y los tres tuvieron grandes consecuencias en vida. Pero con las Matildas, no. Creo que ninguno ha rendido cuentas. Y en muchos casos, como con Marthe, la comunidad científica no se revolvió hasta que él murió porque una vez muerto, no hay nadie a quien sancionar. Y si ella habla, es mancillar el honor de un muerto que mira por donde, está sancionado por la ley.

Sinceramente, creo que el relato dominante del Efecto Matilda es únicamente una narrativa de consuelo: se reconoce el agravio, lo lamentamos, y se cierra el hilo con gestos simbólicos. Pero ¿Quiénes se benefician materialmente del borrado? ¿Por qué no se exigen reparaciones? No hay comisión de fraude ni pérdida de nada relevante para el beneficiario. Sigue saliendo gratis -digo, sustancioso, pero que muy sustancioso- silenciar científicas. Porque la ausencia de consecuencias no es un accidente del paso del tiempo, no es cosa de siglos pasados; es parte del patrón y la premisa bajo la cual el sistema permite que el relato se corrija, pero solo cuando no implique molestias a las instituciones científicas. Esos conflictos, están solo reservados para ellos. Y a las pruebas me remito.
Ingredientes (para un molde de 35cm. de largo o 22 de diámetro):
  • 150gr. de harina
  • 50gr. de almendra molida
  • 100gr. de mantequilla blanda
  • 3 cdas. de buttermilch o yogur
  • 1 pizca de sal
  • Mostaza para cubrir la masa
  • Algo de mantequilla extra
Para el relleno:
  • 1 puerro grande
  • 1 chorrito de vino blanco
  • 3 huevos
  • 200gr. de crème fraîche
  • Sal, pimienta y nuez moscada
  • 150gr. de Bergkase (o queso montañés de los Pirineos o los Alpes)
  • Tomates secos a tu gusto
  • Cebollino y estragón fresco (o tu hierba favorita) 
Preparación:
  1. Mezcla todos los ingredientes de la masa (menos la mostaza) y amasa brevemente hasta que tengas una masa suave y homogénea.  Deja que descanse en la nevera unos minutos.
  2. Mientras, saltea con un poco de mantequilla el puerro cortado en rodajas finas. Añade el vino, retira del fuego y deja que repose.
  3. Mezcla los huevos con la crème fraîche y añade la sal y las especias. Incorpora el queso rallado o molido.
  4. Precalienta el horno a 180ºC.
  5. Enmantequilla el molde, fórralo con la masa y extiende una capa muy fina de mostaza. Añade la capa de puerro.
  6. Incorpora la crema de huevo y decora con unos trocitos de tomates secos a tu gusto.
  7. Hornea hasta que veas que tiene un bonito color dorado y el relleno luce cuajado. Sirve con las hierbas frescas por encima.




Lasaña crujiente con calabacín y bacon

julio 18, 2026
Tras el accidente en el que murieron los astronautas del Apollo I durante una prueba en tierra, la NASA determinó que los trajes espaciales que habían desarrollado no valían para nada. Muy posiblemente la muerte de Grissom, White y Chaffee se habría podido evitar si la vestimenta y la cápsula hubieran sido construidas con componentes más resistentes y por supuesto, sin materiales inflamables.

Se ponen a ello: capas interminables, unas encima de otras, de materiales costosísimos y raros de narices. Claro, llega la hora de coserlos y ahí no hay aguja que lo resista. Se subcontratan costureras de Playtex, la fábrica de fajas milagreras y el famoso cruzado mágico de pechos perfectos. Pero ojo, que no les vale cualquiera.

La selección fue variando con el tiempo en medida de las necesidades, pero se solicitaba un perfil muy concreto: se valoraba especialmente la contratación de mujeres con un nivel de habilidad muy alto pero con poca formación profesional. Esto tenía todo el sentido del mundo: se buscaba poder enseñarlas a reaprender el oficio sin que opusieran mucha resistencia y al mismo tiempo, desaprender malos hábitos sin mostrar demasiada obstinación por ello. En resumen: buscaban docilidad y habilidad en estado reconcentrado y sin efectos secundarios.

Trabajaban todas juntas en una sala enorme, requetesilenciosa; se medía cada puntada con una reglita de 15 cm. que cada costurera tenía consigo; se prohibió el uso de alfileres -extraviar uno dentro del traje la podía liar parda- y se cosía con una lentitud extrema luciendo cerca una foto del astronauta propietario del futuro traje para no olvidar en ningún momento que un error costaría vidas -esa vida en concreto-. ¿Imaginas el estrés para unas mujeres que no habían sido entrenadas para ello y el desgaste psicológico tan brutal? 

Llegaron a hacer jornadas de 80 horas semanales, sin vacaciones y hasta altas horas de la noche. Y todo ello, con unos salarios modestos que no reflejaban su responsabilidad. Además, al pertenecer a una subcontrata, su trabajo se consideraba manufactura y no ingeniería, detalle aparentemente tonto pero que las excluyó de los bonos y reconocimientos oficiales de la agencia espacial. Para que te hagas una idea: el día del lanzamiento del Apollo XI, muchas de ellas lo presenciaron desde sus hogares. Ni siquiera tuvieron el detalle de invitarlas a todas al lanzamiento y hacerlas partícipes del momento.

Y por todos es sabido el éxito y el revuelo. No paraban de hablar del alunizaje, de los astronautas, de que si un paso para el hombre y tal. Todo eso que ya sabemos. Pero por cosas que pasan, muy posiblemente ante la saturación de fotos pisando la luna y de los astronautas victoriosos, un periódico local en algún lugar -venga, en Delaware, no le pongamos más misterio- publica una foto de una costurera joven delante de un traje de los recién alunizados. El pie de foto reza textualmente:
Hazel Fellows, sentada en la máquina de coser, ensamblando piezas del traje en la línea de producción del traje espacial Apollo A7L en la International Latex Corporation (ILC), Frederica (Dover), Delaware.
¿Y qué pasó? pues que no redoblaron las campanas. Ni los tambores. Ni nada. Porque no pasó nada. Muchos -pero muchos- años después se comienza esta hermosa labor de desenterrar los logros y los hallazgos de las mujeres y alguien saca del olvido a estas costureras. ¿Cómo es posible que no se hablara de ellas? ¿Cómo es que nadie reconoció sus méritos? Desde la NASA dicen que sí, que las querían mucho pero oye, son cosas que pasan.

Se hacen documentales con las supervivientes, se intenta seguir el rastro de las que ya han fallecido y se les reconoce su gran trabajo, ese por el que no recibieron ni reconocimiento ni gloria. Y así es como Hazel Fellows -que desgraciadamente ha fallecido sin que se tenga ningún dato de ella- pasa a ser la imagen icónica del grupo; primero porque fue encargada y responsable de muchas de ellas; y también por esa preciosa foto que se convierte en el estandarte de las costureras. Esa es la foto que se reprodujo durante décadas, la que llegó a representar a todo el colectivo de costureras del Apollo ante el mundo.
Pues agárrate que vienen curvas. En marzo de 2026, el Museo Nacional del Aire y el Espacio confirmó oficialmente que la mujer en la fotografía es en realidad Jean Wilson y no Hazel Fellows. Nadie jamás confirmó la identidad de esa jovencita de 19 años que cosía el traje de Armstrong. Nadie preguntó a las chicas, que se conocían todas, porque cualquiera de ellas hubiera confirmado que era Jean. También lo hubiera hecho la propia Hazel porque en ese momento, cuando se hizo popular la foto, estaban todas vivas, localizables, con nombre y apellido en las nóminas de una empresa colaboradora de la NASA. Habrían corregido el error si alguien se hubiera molestado en enseñarles la foto y preguntar "¿esta eres tú?".

Y aquí es donde tiro el micro al suelo. Nada que añadir, señoría. A ver quién ahora viene a cuestionar que a estas magníficas mujeres no se las ninguneó cuando se dejaron el pellejo por mantener vivos a los de Apollo XI y a los que vinieron después.

La ceguera de la NASA, que tanto ha escurrido el bulto, aquí ha quedado retratada: esos ingenieros y astronautas que visitaban la planta constantemente para los ajustes de los trajes, las conocían. Sin embargo, durante 57 años, ninguno de ellos corrigió el error al ver la foto publicada con el nombre equivocado. Puede que cuando estás en las alturas, las caras de las costureras terminaron siendo intercambiables. Porque dieron más valor a sus puntadas y zurcidos que a sus desvelos, ataques de nervios y ansiedad. Menuda ironía: ellas han sido como los sujetadores de Playtex que sostienen lo que hay que sostener, hacen su trabajo y nadie los ve.

Por mi parte, no imagino mejor tributo a todas ellas que rescatar sus nombres y dejar constancia de sus propias voces. ¡Va por vosotras, chicas!

Iona Allen, Delema Austin, Julia Avery, Doris Boisey, Velma o Thelma Breeding, Julia Brown, Francine (Fran) Burris, Jane Butchin, Ethel Collins, Delema Comegys, Henrietta Crawford, Lillie Elliott, Ruth Embert, Evelyn Everett, Hazel Fellows, Eleanor Foraker, Madeline Ivory, Evelyn Kibler, Beverly Killen, Anna Lee Minner, Roberta Pilkenton, Ruth Anna Ratledge, Sue Roberts, Gail Smith, Arlene Thalen, Joanne Thompson, Mary Todd, Michelle Trice, Ceil Webb, Jeanne (Jean) Wilson, Clyde Wosylkowski y Delores Zeroles
"Había noches en las que llegábamos a casa, nos preocupábamos y pensábamos: 'Dios mío, ¿habré dejado un alfiler dentro?'. Y perdías un poco de sueño por la noche. A veces realmente te derrumbabas y llorabas... sé que yo lo hice".
Jean Wilson. Entrevista BBC
"Salía de la planta a las cinco de la mañana y volvía a las siete, pero valía la pena, realmente lo era". (Ella confirmó haber trabajado sin vacaciones durante tres años seguidos y sufrir dos crisis nerviosas).
Eleanor Foraker. CBS News
"Teníamos que hacer diferentes tipos de muestras de costura y las enviaban al laboratorio de pruebas donde las rompían hasta que se rasgaban. Solíamos hacerlas todo el día sabiendo que iban a ser destruidas. Pero sabíamos que la vida de un hombre dependería de ello, así que simplemente seguimos adelante".
Joanne Thompson. BBC Future
"Una vez que empezaron a bajar la escalera y él puso el pie en la Luna, ese fue el punto culminante de ver algo en lo que habías ayudado... Pero luego pensaba: 'Dios mío, me pregunto si eso aguantará. Espero que esa puntada no se haya soltado'".
Lillie Elliott. CBS News
"Todas éramos buenas y éramos un equipo. No se consigue hacer nada a menos que seas un equipo".
Roberta Pilkenton. Smithsonian
Ingredientes para 3-4 personas:
  • 6 lonchas de bacon
  • 2 calabacines medianos
  • 200gr. queso cremoso de cabra
  • 100ml. de nata líquida
  • algo más de nata líquida para el fondo
  • 8 láminas de lasaña sin necesidad de cocer
  • 1-2 tomates 
  • pesto verde
  • algo de pimienta
  • algo de mozzarella para gratinar

Preparación:
  1. En una sartén, haz el bacon hasta que quede crujiente. Reserva.
  2. En la misma sartén, marca un poco el calabacín cortado en lonchas finas.  Reserva.
  3. En un bol, mezcla el queso de cabra cremoso con la nata hasta que tengas una crema lisa. Si es necesario, añade algo más de nata. Reserva.
  4. Calienta el horno a 190ºC.
  5. En un recipiente de pyrex (o dos, como en mi caso) pon una base de nata, coloca la primera lámina de pasta, pon encima unas láminas de calabacín, una loncha de bacon cortada en 3 trozos, un poco de la crema de queso y de pesto. Pon otra capa de calabacín, de rodajas de tomate, otra loncha de bacon en 3 trozos, crema de queso y pesto. Repite esta misma capa y termina con una cuarta lámina de pasta que cubrirás con queso crema de cabra.
  6. Hornea. Los primeros 20 minutos con papel de aluminio. Después lo destapas y dejas que coja color y el crocante. Termina con trocitos de mozzarella por encima para que gratine bien la lasaña.
  7. Una vez fuera del horno, añade pimienta, un poco de pesto y si puedes, unas hojas frescas de albahaca. 

Buñuelos de a 10 céntimos

julio 13, 2026

Luisa y sus compañeros acaban de publicar el que va a ser el último número del Frente Rojo en la redacción que comparten con La Vanguardia. Un grupo de unos cincuenta hombres armados irrumpen en el edificio: tienen aspecto de llevar tiempo escondidos, con la piel pálida de quien no ha visto la luz del sol en mucho tiempo. Con las galeradas aún frescas de tinta, los asaltantes lo destrozan todo a su paso. Son sacados a la calle y obligados a formar una línea contra la pared con los brazos en alto. Aún es noche cerrada y, a pesar de los uniformes de carabineros, nadie tiene dudas ante lo que está pasando: son hombres de la Quinta Columna que vienen a lo que vienen.

Los han separado en dos grupos y son empujados en direcciones distintas. Es el final, se dice Luisa. Les susurran que al que levante la cabeza, lo dejan frito. En cualquier caso, no quiere mirar a nadie para no perder la compostura. Si me van a fusilar, lo haré con estoicismo. Pero el cuerpo, que siempre va a lo suyo sin respetar dignidades, le tiembla de puro sin querer.

Sorprendentemente, Luisa Canés no es represaliada. No hay disparos y sin mediar aspavientos, es liberada al amanecer junto a sus colegas. El objetivo no eran ellos sino destrozar las rotativas. Ahora entienden sin lugar a dudas, que está todo perdido y ya no queda tiempo que perder. Es la hora del exilio.

De camino a La Junquera, continúan escribiendo y publicando por donde pueden. El viaje es infernal. La aviación italiana y alemana los castigan sin descanso. Saben de sobra que la población huye del horror que les espera. Son gentes que, a pesar de no ofrecer batalla, están siendo castigadas sin piedad. Por puro rencor, el más insano. Los ganadores aún no se han saciado de tanta sangre derramada. Luisa agradece que su hijo Ramón esté a salvo en París. Lo que está viendo en la retirada es atroz. Urge llegar a suelo francés.

¿Mi crimen? El de todos los buenos españoles: ser fiel al poder legítimo de
España. Durante dos años y medio mi pluma, como la de la mayoría de los escritores, ha defendido la legalidad republicana, ha exaltado el heroísmo inagotable del pueblo español: ha cumplido con su deber.
Son recibidos -en la tierra de la liberté, égalité y fraternité- con el griterío de soldados senegaleses y algún gendarme. "Allez, allez", les instan. "Allez, allez". Por delante: alambradas, empujones, campos inmensos y helados, las playas de la vergüenza, el abandono total y absoluto en condiciones infrahumanas. Qué infame puede llegar a ser el destierro. Salvo por las bombas, poco se diferencian éstos de los que hay al otro lado de los Pirineos.

Ella tiene suerte y es trasladada, junto a más mujeres y niños, a Le Pouliguen -Bretaña francesa- cerca de Nantes. Afortunadamente, no es un campo de internamiento a la intemperie sino una colonia infantil de veraneo que ha sido reconvertida en centro de internamiento. Ella es la refugiada número 31. La incertidumbre por el futuro que les espera es asfixiante. Agentes de Franco rondan por estos centros tentando a algunas con volver. Se han enterado de una, madre de una niña de nueve, que aceptó volver a su pueblo en la promesa de ser bienvenida. Su hijo se había echado al monte y esperaban que bajo el reclamo de la madre, le darían caza. O bien el muchacho no cayó en la trampa, o bien no le llegó la noticia. Y al no serles de utilidad la mujer, la colgaron en la plaza del pueblo. Así es como perdona la nueva España.

Margarita Nelken, que también ha cruzado la frontera francesa pero con mejor estrella, trabaja sin descanso desde Perpiñán ofreciendo asistencia a los refugiados republicanos. Es un intento desesperado del gobierno de Negrín en el exilio por ayudar a sus compatriotas. Gracias a la legación mexicana en París y al gobierno de Cárdenas, se organizan visados, embarques y evacuaciones. De esta manera, Margarita se entera de que Luisa Carnés, la autora de Tea Rooms y Natacha, se encuentra recluida en Le Pouliguen. Con el apoyo del diplomático mexicano Gregorio Nivón, que tiene acogido desde hace un par de años a su hijo Ramón, consiguen agilizar su salida del centro y organizar el viaje rumbo a México.

En el mar, feliz por el reencuentro con su hijo y rumbo a la soñada seguridad mexicana, es donde el miedo se apodera de ella. Esa valentía que ejerció cuando se enterraba en el estiércol de las cunetas mientras la aviación descargaba de lo lindo en La Junquera, se esfuma por completo: los críos, agotados, empiezan a desfallecer. Las madres se enfrentan a la tormentosa angustia de ver cómo van enfermando. Algunos lo superaron y otros no. Y todas ellas, como pasa siempre, sufrieron la pérdida de los propios y de los ajenos. Porque un hijo es un hijo, no sé si me explico.

Este dolor le perseguirá la vida entera a Luisa. De hecho, siguió escribiendo sobre él años después, como si necesitara devolverle a esas mujeres anónimas del exilio, la voz de la amarga huida, siempre tan acallada y discreta. Porque los libros de historia no hablan de ellas. Pero, madre mía, cuántas madres y abuelas de posguerra han llorado sin mediar palabra y sin que nadie les preguntara el motivo. Porque hay dolores mudos que lo dicen todo. Y no se reparan nunca.

Luisa Carrés, antes de su exilio en México y la pesadilla en suelo francés, tuvo una vida en Madrid. Con solo once años tuvo que dejar la escuela para trabajar en un taller de sombrerería. Era la mayor de siete hermanos y la paga de su padre no daba para tantas bocas. Y como no tenía dinero para libros, en sus ratos libres siempre que el cansancio no la venciera, escribía cuentos. Años después, ya reconocida como novelista, diría en una entrevista: "Ya sabe usted que he salido del taller, no de la Universidad". 

Y puede que este sea el motivo por el que no hemos sabido nada de su obra durante tanto tiempo. Ella no frecuentaba cafés ni tertulias. Tuvo que trabajar para sacar adelante primero a sus hermanos y luego a su hijo Ramón porque como era habitual -algo que aún me suena- una vez rota la pareja, los padres se desentendían de la crianza y la manutención de sus hijos. Y así es como terminó trabajando de dependienta en un salón de té del centro de la capital.

Y de ese mostrador de dulces para señoras con pudientes, nació Tea Rooms. Mujeres obreras, escrita entre agosto del 32 y febrero del 33. Es una novela -casi casi un reportaje- en la que Matilde -ella misma- comparte turno con otras mujeres sometidas a jornadas interminables, sueldos de miseria y el acoso constante de los empleadores. No se le tuerce el renglón cuando habla del matrimonio como la gran trampa mortal, o del aborto, o del abuso sexual en el trabajo. Temas que como ya sabemos, eran tabú en aquel entonces y siguieron siéndolo muchos años después. En los párrafos de Tea Rooms se filtran constantemente esas manos de Luisa agrietadas por el oficio, el frío y la necesidad.
¿Qué mal han hecho estas pobres criaturas? Por ahí se ven otros niños, incluso feos y deformados, con sus buenos trajecitos, sus juguetes, sus perros perfumados; y ellos mismos huelen tan bien… Esos niños van en su coche hasta la escuela, una escuela higiénica, con su hermoso jardín de recreo, su calefacción… En la escuela municipal hace frío, y el mal remunerado profesor sufre de hipocondría, que se esquiva contra los pobres niños. En la escuela municipal… ¿Dónde ha leído Matilde: «Vivimos en una sociedad podrida»? ¡Cállate, pensamiento!
Pero qué te voy a contar. Nos olvidamos de ella. Como de tantas, para qué mentir. Fue en 2016, con la reedición de Tea Rooms por Hoja de Lata, cuando la redescubrimos de golpe y porrazo. Más de 80 años después. Tela. Y tan fuerte caló que en 2022 Laia Ripoll la llevó al teatro y poco después aterrizó en Televisión Española en la serie llamada La Moderna.
Matilde los mira, al pasar, sin detenerse. Siente necesidad de comer. Las patatas «viudas» del mediodía se disolvieron hace rato en su estómago. La invade una suave laxitud, que afloja sus miembros. En su cartera de franela azul, entre un pañuelo y un pomo de perfume vacío, hay diez céntimos. En su cerebro, dos perspectivas: un buñuelo caliente o un viaje en tranvía hasta los Cuatro Caminos. «Buñuelos calientes, a 0,10.» El cartel es enorme, casi tanto como la Puerta del Sol. Sobre automóviles, tranvías, verdes y azules de lámparas lumínicas, sobre multitud: «Buñuelos calientes, a 0,10.» Lo ocupa todo. Y Matilde languidece de debilidad.
Cuando leí en Tea Rooms la descripción de los buñuelos calientes de a 10 céntimos, enseguida me vino el recuerdo de mi abuelo Saturnino, que era un golosón de campeonato y los domingos que tocaba comprar buñuelos -los de viento que ya eran los únicos que se vendían en Madrid centro- siempre evocaba a los otros buñuelos, los de churrería, los de agua. Yo no los he llegado a conocer. Solo los tenía en el recuerdo heredado de mi abuelo.

También he podido calcular perfectamente cuánto se tarda en ir andando a Cuatro Caminos porque mi casa familiar se encuentra entre la calle de Maudes y Santa Engracia. Ni te imaginas la de veces que he hecho ese camino andando. Yo por placer, es cierto, jamás tuve que decidir si gastar 10 céntimos en llenar la tripilla o regresar pronto a casa.

Mi versión no está azucarada por dentro ni bañada -o frita- en mantequilla así que ese sabor que evoca Luisa no está en esta receta. Para rebajar el azúcar, he hecho mi mezcla de coco y azúcar bien molida con una pizca de canela que no se nota directamente pero se hace sentir. Si mi abuelo Satur hubiera podido probar mi versión, estoy segura de que le habrían encantado aunque su primera reacción, seguro, sería la de "Ah, no saben igual. Pero están ricos". Luego se zamparía tres sin pestañear. 

Nota:
Querido lector, puede que creas que las dos veces que he resbalado sobre el apellido de Luisa ha sido cosa de mi dislexia, pero esta vez te he tendido una trampa. Y es que a Luisa, ni su propio nombre se le libró del descuido: en sus primeros cuentos publicados aparece impreso, por error, como "Canés" en una ocasión y como "Carrés" en otra. Así que si te ha sonado a fallo mío, por una vez y sin que sirva de precedente, ha sido de puro apropósito.
Ingredientes:
  • 500gr. de harina de fuerza
  • 350-400gr. de agua templada
  • 1 chorrito de anís
  • 1 par de pizcas de sal
  • 1 y 1/4 sobre de levadura de panadero

  • Abundante aceite para freír

Notas:
  • Sobre la consistencia: Es una masa muy hidratada y no admite amasado a mano porque no puede quedar manejable -dura- o el buñuelo quedará como pan frito. Vas a necesitar de un procesador o varillas y si son eléctricas, mejor.
  • Sobre el formado: como la masa va a estar muy blandita, vas a tener que trabajar los buñuelos con las manos bien engrasadas. Es fundamental trabajar rápido: bola, agujero y directo al aceite caliente. Es una masa difícil de manejar y hay que aceptarlo. 
  • Sobre el rebozado: siempre podrás hacerlo solo con azúcar pero si quieres que sean más ligeros y con un toque especial, muele junto 1 cucharada de azúcar por 2 de coco rallado y una pizca de canela. Si quieres más cantidad, dobla las proporciones.
  • Sobre la levadura y el tiempo de levado: con la cantidad que te detallo, en una hora la masa estará lista. Si usas solo un sobre, deja que la masa leve 2 horas.

Preparación:
  1. Mezcla todos los ingredientes (empieza con menos cantidad de agua) y amasa unos 3 minutos. Deja que repose 5 minutos para ver cómo va absorbiendo la harina. La masa tiene que quedar muy manejable y pegajosa. Si ves que está un poco dura y uniforme, añade un poco más de agua y vuelve a amasar.  Deja que leve 1 hora.
  2. Con las manos y la encimera engrasadas, haz bolas de masa de entre 60-80gr. dependiendo del tamaño que desees. 
  3. Calienta el aceite a fuego medio alto y vas cogiendo una bola, le haces un agujero en el centro y al aceite. Rápido para que no se deformen.
  4. Una vez fritos, los rebozas en azúcar o en la mezcla de azúcar y coco molido. Y a comer sin que enfríen del todo.
 
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