Amy Drizzle Cake de lima y limón
Maria Reiche ya había volado en diversas ocasiones sobre la pampa en aviones militares y había hecho fotografías. Pero esa mañana tuvo por primera vez la oportunidad de fotografiar los dibujos en la arena del desierto bajo ella con una cámara de alta calidad, y además desde una perspectiva única: desde los patines de un helicóptero. Incontables líneas, la araña, el mono, un gran pájaro yacían bajo ella como en un gigantesco libro de imágenes abierto.
Maria Reiche se preguntó: ¿quiénes fueron las personas que los crearon? Después de ese vuelo la científica alemana estaba convencida: "Las figuras en el desierto fueron dibujadas para ser contempladas desde arriba", por quien fuera.
(www.maria-reiche.de)
Esos misteriosos dibujos son los geoglifos de los nazcas, en Perú y se estima que se hicieron entre el 200 a.C. y el 500 d.C. Hay mucho debate sobre su porqué y sobre quiénes están detrás de las figuras pero no vamos a entrar en misterios inexplicables sino todo lo contrario; vamos a aplicar la famosa navaja de Ockham para recordar aquello que decía Sherlock Holmes: "Cuando eliminas lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad". Y a esa verdad que Maria exploró durante toda su vida es a la que nos vamos a agarrar con uñas y dientes.
Pero antes de nada, hay que entender qué le llevó a mudarse a una cabaña en el desierto de Nazca y a medir milímetro a milímetro esos dibujos durante décadas, tostada al sol peruano y calzando sus famosas chanclas de neumático porque no ganaba para zapatos, puesto que se derretían inevitablemente entre las piedras y el polvo del suelo desértico.
La respuesta de Maria está en las matemáticas porque era una obsesa de la materia que manejaba y las entendía de forma magistral. Basó su trabajo, primero, en el respeto absoluto por una civilización que también sabía lo suyo de mates. Tanto, que supo dibujar esos caminos con figuras geométricas perfectas e imborrables al paso de los siglos en un medio tan hostil como es el desierto.
Hay investigadores que, incapaces de aceptar el ingenio y estudio de una civilización tan antigua y "básica", prefieren hilar historietas de extraterrestres. Pero yo me pregunto ¿si un alien venido de otro mundo es capaz de aterrizar o sobrevolar nuestro planeta, qué necesidad tiene de hacer dibujitos solo en el desierto de Nazca y solo en aquella época? ¿Somos tan obtusos que, por no reconocer la perspicacia de una civilización ancestral preferimos alimentar misterios infantiloides sin ningún rigor científico? Pero quién soy yo para cuestionar a ningún erudito en materia interplanetaria.
Y ahí radica la belleza del trabajo de Maria Reiche. En lugar de inventar fantasías, se puso al nivel de aquellos antiguos moradores y con un metro, un teodolito y unas cuerdas, se afanó en medir líneas y ángulos para entender las matemáticas de esta gente. Jamás identificó el desierto como un misterio paranormal sino como un gigantesco problema geométrico que requería de pocos aparatos para resolverlo: lápiz, papel, una cinta métrica y mucha paciencia.
Los dioses nazcas vivían en el cielo, en las montañas y en las estrellas, de donde venía el agua que les permitía sobrevivir. Hasta aquí es lógico que su mística se redujera a la supervivencia del ser porque el espíritu -sin agua y comida- no vale para nada. Así que dibujar un colibrí gigante en la tierra era un diálogo místico -medio desesperado, medio suplicante- con los dueños de la lluvia. Regalitos y avisos para que supieran dónde hacía falta agua y por ende, alimento. Eran caminos; por lo tanto, cabe esperar que fueran amigos de hacer romerías ceremoniales, y no para pedirle a la virgen que les tocara la lotería sino pidiendo subsistencia.
Bien, querido lector. Ya tienes el contexto y las pinceladas del trabajo de Maria pero voy a intentar que te requeteenamores de esta mujer sin faltar ni un poquito a la verdad. Y te aseguro que vas a alucinar en colores sin necesidad de sufrir una insolación.
Todo comenzó en 1934 en el salón de té de Amy Meredith en Lima. Era un sitio de alto copete y el punto de encuentro de la intelectualidad, diplomáticos, científicos y expatriados británicos, estadounidenses y alemanes mayormente. Hubo flechazo entre ellas. Para Maria que venía de malvivir en Cuzco, Amy fue un ancla emocional, social y profesional. Había sido despedida como institutriz de los hijos del cónsul alemán -se dice que a la señora cónsul se le iban los demonios al ver que sus hijos estaban abducidos por la encantadora manera que tenía de enseñarles- y había estado dando tumbos hasta que conoció a Amy.
Le llevaba la contabilidad con brillantez y hacía traducciones impecables para expatriados e intelectuales. En un momento dado, fue invitada a regresar a su país natal para dar unas conferencias y volvió horrorizada. En Alemania se cayó de bruces ante la realidad del nazismo. Se sintió extranjera en su propia patria y regresó convencida de dónde quería estar: Perú era su hogar y Amy su vida.
Se mudaron juntas "legalizando" ante sus amistades su amor y entre tés, bizcochos y galletas, conoció a su mentor, el Prof. Paul Kosok, quien la llevaría por primera vez a Nazca. La cabeza le hizo bum y ya no se quitó a los nazcas de la chola nunca más.
Pero estalló la guerra en Europa, esa invasión que iba a ser relámpago y haría a Alemania de nuevo grandiosa -Deutschland über alles- hace que todo se detenga en la vida de Maria. Los alemanes en el extranjero son llamados a volver a la patria y ella dice que nones. Le caducaron sus papeles y terminó apátrida en un país que la tuvo bajo sospecha por temor a que fuera una espía o lo que fuera. Y es que para las autoridades a veces, dos más dos son diez y recelan de los que aseguran que son cuatro. Así que complicaditas llegan a ser.
Pero gracias a la influencia de Amy, no fue deportada -o bien a Alemania donde era una traidora o a EE.UU. donde eran deportados y recluidos alemanes y japoneses por traidores a la patria... ¿a cuál? A la número diez, vete tú a saber. Y también gracias a Amy siguió con sus trabajos, escribió su primer libro... y fue feliz. Para qué darle más vueltas.
Hasta que murió Amy. Oh, quedó devastada. Interrumpió brevemente su trabajo, hizo su luto, y regresó a su búsqueda con una obsesión sin freno. Dejó Lima casi por completo y se mudó a una choza sin agua ni electricidad cerca de las líneas. Y los lugareños -a ver, qué podían pensar- la llaman "la bruja" porque se pasaba los días barriendo la arena del desierto con una escobón doméstico limpiando ¿líneas? para que no las borrara el viento. En fin, tenían motivos para cuestionar su cordura
Y descubrió cositas, vaya que sí. Como unos pequeños agujeritos y restos de estacas de madera en los puntos críticos de los dibujos. Elemental, querida gente: clavaban dos estacas lejanas una de otra y tensando una cuerda entre ellas para no desviarse ni un milímetro, marcaban esas enormes líneas rectas. Y para las curvas perfectas -como la cola en espiral del mono-, usaban las estacas como el eje de un compás gigante.
Y así, pasito a pasito, gastando escobas y sandalias, descifró cosas como que la distancia entre el codo y la punta de los dedos -unos 32,5 cm- o el ancho de la palma de la mano eran unidades de medida que nunca fallaban. Las matemáticas, que nunca fallan: si el dibujo pequeño funciona, el gigante sale idéntico.
Peleó contra la carretera Panamericana y ganó. Evitó que cortaran en dos al lagarto plantándose delante de las excavadoras. El gobierno de Perú, en agradecimiento a toda una vida protegiendo su historia, le otorgó la nacionalidad peruana sin renunciar a la alemana porque estar en contra de los nazis no es estar en contra de la patria. Gracias a sus esfuerzos la UNESCO declaró las líneas de Nazca Patrimonio de la Humanidad. Y Maria, ya anciana, ciega y con párkinson, pudo asistir al acto que dio grandeza al trabajo de su vida.
Sus últimos años los vivió recluida, imagino que vagando con su escoba por el desierto y devorando Drizzle Cakes junto a la eterna Amy. Su luz en el camino cuando el sol se ponía en el desierto de Nazca. ¡Seré tonta! ¡pues no me he puesto a llorar!
Ingredientes:
- 3 huevos XL o 4 medianos (han pesado 180gr.)
- 130gr. de azúcar (puso la mitad de eritritol)
- ralladura de 1 limón y de 1 lima
- zumo de medio limón y media lima
- 90gr. de mantequilla
- 90gr. de buttermilk (ver sustituto en las notas
- 180gr. de harina de espelta (o común)
- 1cdta. de cremor tártaro o polvos de hornear
- Glasa: el zumo de medio limón y media lima y 4 cdas. de azúcar glas
- algo de ralladura y unas rodajitas de limón para decorar
- Sé que encontrar buttermilk puede ser una odisea. Hay un mito absurdo que corre por redes que dice que se puede cortar la leche y así se obtiene de forma casera. Es falso. El buttermilk o suero de leche es el líquido blanquecino que sobra al hacer mantequilla fermentado como si fuera yogur. Lo puedes reemplazar por 3/4 partes de yogur y 1/4 parte de leche. En este caso 65gr. de yogur mezclado con 25gr. de leche.
- Realmente lo que hemos hecho al usar buttermilk es reemplazar la mitad de la mantequilla. Más ligero e igual de jugoso.
- Cada vez uso más cremor tártaro en vez de polvos de hornear. Cuando reduces el azúcar, es habitual que se encuentre rastro de sabor amargo del químico. Con el cremor no me pasa.
- La harina de espelta es mil veces mejor que el harina de trigo común. Claro, es más cara pero si tienes oportunidad, merece la pena.
- Hay dos formas de hacer la glasa: la clásica, que es la que he usado, que es más acitronada y se añade en caliente dejando que empape el cake. O la más moderna con mejor óptica pero con una glasa que se añade en frío y más espesa (con más azúcar) que deja una capa blanca chorreante por encima. Yo te recomiendo la clásica. Más ligera y más sabor.
- Precalienta el horno a 160-170ºC.
- En un bol, bate con la minipimer los huevos, el azúcar, las ralladuras y el zumo. Haz una crema esponjosa, agrega la mantequilla blanda, el buttermilk y bate hasta que quede sin grumos.
- Añade la harina y los polvos y sigue batiendo hasta que la crema esté lisa y suave.
- Engrasa un molde de plumcake con mantequilla, vierte la masa y hornea unos 50 minutos hasta que veas que está bien cuajado y la superficie doradita. Si ves que coge color rápido, baja unos 10-15º el horno.
- Aún en caliente, pincha con un palillo la superficie y pincela con la glasa de limón. Deja enfriar por completo.











































